“Recuerden que un blog es como una amorfa masa biomecanoide llena de cilicios y falanges qué alegremente se alimenta de vuestros comentarios!”

COMENTARIOS CON VERIFICACIÓN DE PALABRAS

Lo lamento por que detesto este procedimiento, pero tuve que poner un verificador de palabras en mis comentarios para reducir la cantidad de spam (comentarios mierda de gente semejante).

Pero si te interesa lo que leíste, seguro que tolerarás la medida...

2012-05-29

Fragmento Caprichoso 9


Una mañana con paralelismos literarios

“La silueta de aquel hombre se presentó ante el umbral, era firme, inmutable, y al aparecer todos guardaron silencio…”
“Ella tomó su pistola y bajó por las escaleras, sin importarle que solo tenía puesta su ropa de dormir, y al final de los escalones se encontró con aquél muchacho que había visto en la entrada del pueblo…”
—No es mi día, más bien no es mi año.  La inspiración no ha venido conmigo desde que estallaron los cohetes artificiales en año nuevo! —  Ana piensa.  —¡Eso es!  A ver…
“Ese año no era su año, la suerte no había ido con él desde que estallaron los cohetes artificiales en año nuevo…”  —¡La puta que lo parió!  Tampoco me gusta.

Era el medio día, Ana tenía ojeras y estaba a punto de caerse sobre la mesa y su anotador.  Se había desvelado tratando de iniciar su novela de aventuras, una y otra vez escribía frases, oraciones, párrafos, y luego borraba.  La joven tenía el cabello lacio castaño algo despeinado y un buzo rosa muy grande, pantalones de gin muy viejos y unas pantuflas celestes muy peludas.  Cerró los ojos y tomó el arco de su nariz con dos dedos de su mano derecha, meneó la cabeza negando.  ¿Negando qué?  ¿Negando que pudiese tan solo empezar la novela?  ¿Negándose a ella misma?  ¿Qué estaba negando?
—Y ahora hablo sola…  Afuera llueve y yo hablando sola. —  Afuera llovía, efectivamente.  O mas bien lloviznaba, y la calle estaba húmeda desde hace días.  —Siempre hablo sola, no debería preocuparme por ello… —  Y también usaba muchos puntos suspensivos.
Ana sacó un control remoto que estaba debajo de unos cuantos papeles desordenados y llenos de anotaciones que no sabía cuando habría ella de leer.  Apuntó hacia atrás y prendió un pequeño equipo de música, luego hizo sonar unas baladas rockeras de los años setenta.  —Debería de ir a hacerme el almuerzo, pero no tengo ganas. —
“Él debería de ir a hacerse el almuerzo, pero no tenía ganas, en su lugar tomó esa vieja guitarra del rincón y tocó unas baladas.  Ella se deslizó de entre las sábanas para ir hacia su espalda sin que él lo note…”  —Tampoco, no debería de ser sobre una suerte de mariachi medio dandy.  Definitivamente, no debería de haber una historia de amor en mi novela de aventuras, terminaría desviando la trama.
Sonó el teléfono con un tono de estilo “clásico”, Ana se levantó y arrastrando los pies atendió.

—¡Hola Mariela!  (…)  Bien, y vos?  (…)  No, no interrumpis, no estaba haciendo nada importante.  (…)  No la empecé, digo, solo tengo un ensayo, pero…  (…)  Más bien me levanté hace un rato.  (…)  Si, hace un rato, como a las once.  (…)  ¡Si no me vas a creer no deberías preguntarme!  (…)  No te voy a adelantar nada de la trama, arruinaría la sorpresa…  (…)  Pero bueno, ya tengo el ensayo listo, por eso es que no me interrumpis.  (…)  ¿Y cuando fue la última vez que has escrito una novela?  (…)  Entonces, no me des consejos…  (…)  Eh, no, estoy por hacerme el almuerzo.  (…)  Unos fideos con un poco de tuco que quedó de anoche.  (…)  Puede ser a la tarde, no sé, yo te digo.  (…)  Devuelta, no preguntes si…  (…)  ¿Qué?  ¿De vuelta con él?  Siempre lo mismo, no sé para que te doy consejos!  (…)  Pero después yo te escucho y te escucho toda la noche y me desvelo y para qué?  (…)  Te dije que me levanté hace un rato…  (…)  ¡Bueno, mierda!  ¡No dormí, no tengo ganas de cocinar, no tengo tuco por que me lo comí todo ayer con pan y no escribí un carajo de esa puta novela!  (…)  No, no sabías nada vos, solo acertaste por que acostumbras negar lo que digo y yo suelo decir lo opuesto a lo que hago…  (…)  Por que luego me das consejos al pedo, y termino preguntándote cuando fue la última vez que has escrito una novela.  (…)  De todos modos no tengo hambre, no voy a comer ahora.  (…)  Tengo unas galletitas de cereales, son mi alimento balanceado.  (…)  ¡Jajaja!  El gato está bien, a él no le importa ni mi novela, ni mi almuerzo ni que yo duerma.  (…)  Okey, andá con él, y luego me llamás y me contás cuan arrepentida y desdichada que sos y que fue la última vez que le das una oportunidad.  (…)  ¡No soy cruel, vos sos…  (…)  No iba a decir pelotuda…  Bueno, sí, iba a decir pelotuda.  ¿Y qué?  (…)  Bueno, está bien, como quieras, chau!

“Al gato no le importaba ni su trabajo, ni su cena, ni que él durmiese…  Se puso las botas entonces, y miró por la ventana, la calle estaba húmeda desde hacía días y aun lloviznaba.  Fue en busca de…”  —Me parece que no voy a escribir nada y al carajo… —  Ana se sentó con mala cara y miró por la ventana.  Luego leyó algunos de los papeles de la mesa, quizás alguna frase inspiradora que hubiese escrito semanas atrás ahora le servirían.  —No, ni modo, mejor no escribo nada. —  Volvió a mirar por la ventana, parecía un día tan ordinario que se podría justificar que las musas no se hubieran hecho presentes.  Ana cruzó las piernas y agitó suavemente su pie moviendo la pantufla casi a punto de caer.  —Estoy tan cansada de intentar escribir una buena historia.  Afuera el día es ordinario, pero la ventana es una invitación, y son estas pantuflas…  ¡Estas pantuflas peluditas y suaves que me hacen arrastras los pies por la habitación!  Y el buzo que es como un acolchado portátil…  Todo está determinado como para mantenerme acá varada, detenida en mi misma y no salir a ningún lado.  Y quizás allá afuera esté la aventura, y solo tengo que ponerme las zapatillas, cambiarme el buzo, peinarme un poco y llevarme un paraguas por si aumenta la lluvia…  ¡Y siempre paso delante de ese café de Belgrano en donde se exhiben tan apetitosas tortas! —  Ana se levantó decidida y comenzó a sacarse el buzo, debajo no tenía corpiño, otra razón más para sentirse detenida en sí misma debajo del buzo.  Inmediatamente se detuvo, y se lo volvió a poner…

“Ella cruzó las piernas y agitó suavemente su pie casi dejando caer la pantufla que llevaba puesta.  Miró por la ventana, parecía una invitación, aunque el día parecía ordinario, allá afuera talvez esté su aventura.  Ella se había cansado de escribir sobre aventuras, quería vivir la suya.  Ya había pasado por muchos lugares a los que le hubiese gustado explorar, pero por una razón u otra había seguido de largo.  Estaba ahí varada desde hace ya suficiente tiempo y la única compañía que tenía era un rechoncho gato egocéntrico.  La pantufla cayó y al notar el frío en su pie desnudo lo contempló, movió los dedos e inmediatamente miró al rincón.  Junto a su vieja guitarra estaban las botas que usaba cuando iba a caminar.  Ella exclamó entonces.  —No, ni modo, mejor no escribo nada. —  Rápidamente se calzó las botas, se cambió la camisa de entre casa por una de calle y tomó el paraguas que había heredado de su ex.  Afuera estaba la aventura, pero antes, mejor se hacía el almuerzo…”

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2012-05-23

Ella y su violonchelo


Originalmente escrito el 29 de Noviembre del 2011 inspirado por una serie de sucesos que no son necesarios tenerlos en cuenta.

Me dejó solo en su casa.  Un lugar algo grande, pero con vueltas y recovecos.  Un lugar viejo y lleno de madera oscura, pero limpio, sin tierra.  Un lugar con historia pero que seguía vivo.  Un refugio hermoso en el que me sentía cálido, aunque el lugar era fresco…
Poca luz, solo ases desde entre las cortinas, desde ventanas lejanas, iluminando algunos sitios puntuales pero dejando claridad en todo.  Pero tampoco luminoso, no cansaba los ojos ni provocaba sueño, era perfecto, un momento para entregarse al tiempo con confianza.
Recorría cada detalle, eran ajenos, pero a la vez familiares.  Era como si las manos que colocaron las cosas en ese sitio fuesen las familiares.  Me invadía una calma poco común en mí, tenía ganas de quedarme, lo que ya era de por sí sumamente sobresaliente.
En uno de tantos rincones,  junto a una biblioteca y tras un sillón verde…  Un violonchelo, grande, brillante, con ese porte típico del instrumento, como si fuese demasiado para uno.  Pero yo estaba solo, me sentía tan tentado que no lo resistí y decidí desafiarlo en secreto.

Tomé el instrumento y el arco y me senté cómodo, lo más cómodo que pude.  Cuando sujeté el “mástil” estuve a punto de inclinar la cabeza, casi.  Apoyé delicadamente “las cerdas del arco” sobre las cuerdas.  Como si estuviese pidiendo permiso para entrar en un lugar en el que todos me miraban.  Pero estaba solo.
Así que presioné con mi otra mano algunas cuerdas y empecé a tocar…  ¡Tocar!  Solo eso podría decir, tocar.  Nada reconocible o aceptable salía de eso.  Aunque el sonido era limpio no había claridad en las notas.  Mis manos torpes no se acompañaban la una a la otra.
Pero no me atrevía a dejar de hacer lo que estaba haciendo.  Era un desafío, no sé si a mi mismo o a alguna clase de entidad que imaginaba emparentada al lugar en el que me encontraba.  Cerré por un momento los ojos, como si sirviese.  Realmente no podía hacer algo al respecto, pero aun así me sentía bien por intentar.

—¡Estas poniendo mal el brazo izquierdo! —  Fue una sacudida.  Un golpe de electricidad y calor me recorrió en un instante, estoy convencido que estaba rojo como un tomate también, y ella estaba parada en la arcada del cuarto mirándome inquisitivamente.  Su rostro era en parte severo por haberme encontrado en una actitud casi criminal.  Quizás sea idea mía, pero tocar su violonchelo era como tocarla a ella…  Pero también había piedad, creo que despertada por mi intento casi inocente de hacer algo, tan solo algo, con su instrumento.
—Lo lamento!  Estaba viendo la casa y de repente vi el violonchelo y no pude resistirme—  Hizo un gesto de desagrado, pero se notaba que era falso y que estaba conteniendo una sonrisa.  Se acercó, se sentó junto a mí y tomó el violonchelo.
—¿Vos tocás el violín, no? —  Nunca le había dicho que tocaba el violín, no sé cómo lo supo, asumo que su oído era muy delicado para estas cosas.
—Hago lo que puedo, más bien…  —Ahora sí sonrió sin represión alguna.
—Te voy a mostrar…

Entonces empezó a mostrarme como tocar el violonchelo y las diferencias con el violín, además del tamaño, claro.  En ese momento sentí una profunda admiración por ella, nunca se borró esa admiración y aun hoy me la provoca!

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