“Recuerden que un blog es como una amorfa masa biomecanoide llena de cilicios y falanges qué alegremente se alimenta de vuestros comentarios!”

COMENTARIOS CON VERIFICACIÓN DE PALABRAS

Lo lamento por que detesto este procedimiento, pero tuve que poner un verificador de palabras en mis comentarios para reducir la cantidad de spam (comentarios mierda de gente semejante).

Pero si te interesa lo que leíste, seguro que tolerarás la medida...

2017-03-23

Buscando la Sociedad Secreta - Clave 1

Este es mi diario de investigación, o mis bitácoras. Soy aficionado al periodismo y a las historias de misterio. Estaba estudiando bibliotecología, cuando un día tuve una revelación. Encontré por accidente, o al menos eso creo, un raro libro que no estaba en el catálogo. Tenía un separador de hojas y en él estaba escrito "La Sociedad Secreta - Clave 1". Como era de esperar no pude resistir investigar el libro. Estaba en latín, y la hoja señalada decía, según mis conocimientos superficiales del idioma, que lo importante llega a uno cuando lo es buscado sin buscarlo. Como el libro no estaba inventariado, me hice "el boludo", como quien dice... Me lo llevé, y ya vería si alguien me preguntaba al respecto. Por lo pronto estaba en una biblioteca bastante barrial, muy raro encontrarme un libro en latín muy a la vista y sin inventariar.

A lo mejor vaya muy rápido, en verdad no importa, estas son notas. Investigué el libro, al parecer era un tratado sobre ética social y no estaba firmado por nadie. Mi cabeza desvarió en ese momento. Asumí que ese libro debía de ser un estatuto de una logia, lo cual no era trillado. Lo raro era el anotador con el mensaje, me había olvidado aclarar que estaba escrito a máquina, y la hoja en donde estaba. Buscar sin buscar, clave uno de la sociedad secreta, un libro sobre ética. ¡Por favor, no quiero que parezca que estoy loco! Cuando decidí escribir esto asumí que no sabía a donde los sucesos me iban a llevar, pero quiero aclarar algo. Yo al principio pensé que podría ser una broma. Difícilmente del dueño de la biblioteca, un viejo maestro de geografía muy serio, o aburrido. Había una señora que limpiaba día por medio y que había sido portera de la escuela donde el maestro trabajaba, y no tenía pinta de bromista. Y como no solía ir nadie a la biblioteca, estaba muerta, era un pasatiempo de un jubilado... Ningún conocido mío se tomaría el trabajo, y amigos no tenía, así que no sabía. Igualmente, mi primer sospechoso era el bibliotecario, el viejo maestro, pero no debía de ser un chiste. A lo mejor estaba loco...

Pensé que por más chiste que fuera, podía ser entretenido seguir el juego. Me tomé el misterio del libro como pasatiempo personal. Até cabos y concluí que por algún motivo había una sociedad secreta con la que podía contactar, y que para hacerlo antes tenía que leer el libro, y que el anotador debía de ser un indicio de ello, por que leer el libro que definía las normas era una forma de buscar sin buscar. Es decir, comportarse como "un miembro" en lugar de buscar ser un miembro.
Otra opción muy razonable, claro, era que todo sea coincidencia de varias cosas, o chistes. A lo mejor el libro fue puesto ahí por error, a lo mejor el separador era el nombre de alguna librería... Bueno, eso lo investigué y no encontré nada notorio, podría ser una librería oculta, o personal. O todo podría ser una suma de caprichos, vamos, que yo solo estaba especulando. Pero lo importante es que sabía que especulaba, que en el fondo jugaba al investigador que hubiese querido ser... Y mucho más en el fondo, jugar a ser algo que hubiese querido ser era también, buscar sin buscar.

Así, entonces, empezó mi búsqueda e investigación de la sociedad secreta.

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2017-02-03

Otro o el mismo barrio

Terminé de mear y en mi campo visual invadieron las paredes del baño, los mingitorios, los escritos en las paredes. Me di cuenta de que estaba en el baño de la estación que recordaba, no era el baño en el que había entrado, más bien el baño al que entraba hace mucho tiempo atrás. Volví en el tiempo, era el baño del pasado. Miré la puerta abierta, más bien antes no había puerta, la habían sacado unos pibes alguna vez. Antes se entraba y salía libremente de los andenes. La luz venía de afuera y sospeché que ahí estaba el otro barrio, el que ya había pasado, del que me había ido. Ahora, había vuelto. Primero no me atrevía a salir, no sabía si me iba a gustar lo que iba a encontrar, o a lo mejor descubrir que era todo un espejismo y volver a ver el cemento pintado moderno.

Tenía que pasar, saqué mis piernas para afuera hacia el andén, y era él anden. El andén de la vieja estación. Sin molinetes, sin rejas, sin grandes edificios alrededor. Me acerqué al borde y miré las vías. Miré el recorrido de los rieles hacía donde se juntaban y giraban rodeadas de pasto crecido. La magia de los andenes, creo, que es la de esa sensación de detenerse en la línea de tiempo para contemplarlo todo. Es algo así como detener el mundo y que pase alrededor, y da vértigo y seguridad a la vez. Pero me alejé, tenía que recorrer el barrio.

El barrio era él barrio, también. Todo tan lleno de adoquines, todas las ventanas sin rejas, alguna vez las rejas solo eran para las prisiones. Solamente no encontré a nadie. La sensación era particular, por qué todo se sentía tan real y sabía que no estaba soñando, pero no era el tiempo de siempre. Como dije, no había gente, parecería que estaba caminando por un álbum de fotografías Polaroid. Y me cruzaba con postes de madera, y esas marcas de metal que indicaban el nivel del mar, a lo lejos un teléfono público como una pequeña cúpula. Di vuelta a la esquina y se me antepuso la diagonal de la plaza. Esa plaza fue bosque encantado, Pangea, paraje marciano, y todo a la vez. Sin las rejas, con tierra, baldosas rotas, y a mi derecha una rayuela de tiza.

Pasé la plaza, la plaza y el mástil del centro, siempre sin bandera. Y pasé algunas cuadras. En una dirección estaba la casa de la morocha, y para otra el callejón en donde se podía jugar piola por qué nunca pasaba ni un auto ni una bicicleta.

En un momento tuve pánico, no sé bien por qué. Ahora creo que fue el miedo a perderme, ir de un lado a otro y terminar en algún recuerdo demasiado lejano. Volví caminando rápido a la estación. No quería correr, de repente se me vino a la cabeza de que si no había nadie, nadie más que yo, entonces debería de llamar mucho la atención. Pensé que si corría, algo se iba a posar sobre mí. Fingiendo indiferencia, con fuertes latido, llegué a la estación.

No subí por la escalera, al costado vi una puerta y quise saber que había allí, siempre quise saber que había en esa puerta. Me acerqué y la abrí. Y no pude entender. Detrás de la puerta había algo abstracto o surreal, o será que había roto el límite de mis recuerdos. Entonces pensé que estaba creando yo ese lugar, y que fuera del espacio recordado iría a un limbo…

Subí al andén y ni me molesté en cerrar la puerta. Estaba llegando un tren, vacío también, pero no era el diseño correspondiente al barrio y época, y tampoco era el tren moderno y nuevo comprado a los chinos. No quise ver por las ventanas a donde iba, no quise ver cuando saliera del recuerdo y atravesase las fronteras, y me vea rodeado de pesadillas de Dalí. Nunca me gustó Dalí…

En algún momento tomé valor, asumí que había recorrido más distancia de la de costumbre, y me bajé. Y me encontré en otra estación, en otro barrio, y la fecha era la correcta. ¡Qué sé yo cual es la fecha y barrio correcto, maldita sea! Quiero decir que estaba de vuelta en mi tiempo, pero en otro lado. Asumo que me perdí, que me equivoqué de tren, que me bajé en algún pueblo lejano del conurbano. Asumo que las casas se parecían, y que me confundí, que era la hora de la siesta. Es más conveniente haberme confundido…

La nostalgia me revolvió un montón de sensaciones olvidadas, fue espectacular, pero no quiero volver. Aunque nunca imaginé este presente, igual, no quiero volver, jamás.

¡Pero como me gustan los andenes! ¡Vaya a saber yo en qué barrio terminaré alguno de estos días!

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2016-02-16

Fragmento Caprichoso 10


C—Entonces, Etilaida...
E—¿Qué se te ocurre Catalina?
C—Ahora mismo... ¿Podríamos decir que este diálogo pasa el "Test de Bechdel"?
E—Tecnicamente, sí. Somos dos mujeres, con nombre, y estamos hablando entre sí de... ¡Ha! Por poco caigo en la trampa, pilla!
C—Jaja! De todos modos, a ver. Para mi esto mismo que hacemos ahora mismo sería una entelequia, la entelekia del Test de Bechdel.
E—Creo que tenés razón, Cata.
C—Para mi las entelequias requieren que no haya conciencia de su calidad de enteléquia. Por que entonces se convierte en una conveniencia, en algo ficticio.
E—Bien, pero. Desde el momento que queremos decir algo, lo que viene a continuación es ficticio. Las palabras mismas están bien armaditas, elegidas para concatenarse y tener un sentido. Y cuando se trata de dos dialécticas interactuando mucho más aun! Pura ficción.
C—¿Somos ficticias?
E—No quisiera creerlo, y no me atrevo a mirar la cuarta pared.
C—Eso sería demasiado...
E—Fijate, tiene que haber alguna dirección a la que ninguna de las dos miramos, la cuarta pared, la complicidad con el espectador...
C—¡Jaja! El único espectador es el mozo, y nos mira como... ¡Mierda, la cagué!
E—¡Rápido, rápido! Es una moza, fijate bien, tiene pelo corto y una minifalda sobre la calza negra, y nos está mirando...
C—No, ya no tiene sentido, sabés que no podemos "editar" nuestras palabras como el cuaderno que tenés en la mochila.
E—Pura mierda ese test al fin y al cabo... ¿Acaso no le ponemos género a las cosas? La tostadora, el farol, la balanza, el parquímetro. No podemos escapar del género sin deshacernos del lenguaje.
C—... No podemos escapar de la ficción sin deshacernos del lenguaje.
E—¿No pensaste que los libros no tienen una cuarta pared?
C—¿No pensaste que si lee un hombre el teste también se va a la mierda? Aunque no haya interacción, si hay un texto explicativo el hombre lo lee con su vos de hombre en su mente y listo, a la mierda.
E—Como dije. ¡A la mierda el Test de Bechdel! Somos dos minas, una más porteña que la otra...
C—...Es decir vos...
E—...Sí. Dos minas, y estamos hablando de trascender las dimensiones, de plantearnos el existencialismo como una trampa literaria, hablamos de entelequias y de la ficción inherente en el lenguaje... No me van a venir a decir que "no somos bechdelianamente correctas" por que de pronto aparece un mozo. El mozo es parte del bar, ya lo sabes, y no puede ser una moza, por que estamos en este bar de madera, nuevamente. Con mesas de madera, y ventanas con pinturas fileteadas, enfrente de una plaza llena de monjas, prostitutas y palomas conspirativas. No puede haber una moza, no estamos en Palermo Soho.
C—A parte, desde ese punto de vista, el mozo es un objeto integral del bar, como la cafetera de los tiempos de Gardel y el espejo tras la barra.
E—No, la cafetera no es tan viaja...
C—¡Jaja!
E—¡Haha!
C—La cuestión es no hablar de una persona masculina en particular, o del género masculino.
E—Más bien la cuestión es demostrar, bien de entelequia, que en este momento en especial, los hombres, o algún hombre en particular, es totalmente irrelevante a nuestra conversación. El mozo como bien acordamos no es un hombre, es un objeto autómata del propio bar.
C—Igual, no le demos mucha importancia.
E—Sí, no lo mires, vamos a "ningunearlo".
C—Sí. ¿De qué hablábamos? Tuve una laguna...
E—De la entelequia y la ficción, y de que la entelequia necesitaría forzosamente ser inconsciente de que lo es. No sé, no me convence...
C—La entelequia, tenga o no tenga voluntad, o en ella participe quizás alguna voluntad, en el momento que hay una conciencia de que se participa de la entelequia, se la empieza a construir.
E—¿Y qué problema hay con ella? ¿Por qué deja de ser entelequia si se la está haciendo?
C—Me figuro la entelequia como una personalidad. Notese que es una personalidad de género femenino, por si acaso, viste?
E—Total, es casi como una vieja amiga, muy vieja a decir verdad, pero simpática. La entelequia es como una especie de tía.
C—... ¡No lo habría dicho mejor! La entelequia al estar consciente de tal, o al haber una consciencia que participa de la entelequia, la busca, la provoca, y entonces no está ya definida, deja de ser un fin en sí misma y deja de ser entelequia.
E—No se deja de ser entelequia, se es o no se es entelequia. Pero, del mismo modo, por que la entelequia es un fin... La entelequia está terminada en sí misma.
C—Sí, cuidemos los géneros...
E—Claro. La entelequia está activa en sí misma, al ser consciente o tener una consciencia partícipe de ella, es entonces mucho mas entelequia! Es una forma de decir, por que si se es o no se es, no se puede ser más o menos una misma cosa, en cuanto a universales, universalezas...
C—Pero no es un fin si está trabajando activamente.
E—Todo lo contrario, es un fin por que está trabajando activamente. ¿Qué me decías de los ideales? Que al ser los ideales inalcanzables, se mantiene vivo el ideal trabajando activamente en él, aunque nunca se lo alcance. Pues, no encuentro ningún ejemplo mejor que los ideales para representar una verdadera y legítima, y bien merecida y bechdeliana, entelequia.
C—Puede ser, el fundamento es bueno, o es una buena fundamentación.
E—¿Podemos decir entones que estamos participando de una entelequia bechdeliana?
C—Sabes que... Ahora que lo pienso, el mozo, el bar.
E—¿Qué hay con ello?
C—El mozo es un objeto del bar, ya eso está definido, no puede escapar de su coseidad. Pero el bar mismo tiene personalidad, y tiene género. Es "un" bar, y no cualquier bar, es "un bar porteño". Los bares porteños son masculinos, por más mujeres bechdelianas que los frecuenten.
E—Quizás si hubiésemos discutido esto en la plaza...
C—Entre las monjas y las prostitutas y las palomas.
E—No, el bar es un triunfo, no y el género es ficticio, como el lenguaje!
C—Dejemos de hablar de esto, antes de que alguna mano redactora infame...
E—...Bien ahí!...
C—...nos venga a poner un cierre literario que cualquier vos masculina de cualquier lector nos venga a estropear este diálogo bechdelianísimo!
E—De hecho, si alguien nos leyera, seguramente sería de género femenino, o al menos nos imaginaría con voces femeninas.
C—Le voy pidiendo la cuanta a la cosa esa que parece un mozo.
E—Perfecto cierre, no queda más que decir!

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