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2018-01-31

Primer Embarque

“El espacio es frío y silencioso.  Viajar por el espacio es como estar muerta, aunque no sé cómo es estar muerta.  Sería más correcto decir que sospecho que estar muerta debería ser como viajar por el espacio…”

Hace mucho tiempo vivía en la segunda luna del planeta RC402. Habían pasado algunos años después de que me fui de mi casa y me despedí de mis padres sin decir una palabra. Había decidido estudiar astrofísica y tomé una pasantía como azafata, parecía una buena idea. Hace mucho tiempo, mucho. Hace algunos pocos años para mí.
Había cortado relaciones con mis padres, me despedí con algo de pena de mi hermanito, pero ya había tomado una decisión. No me importaba volver a verlos. Me despedí de un pibe que pretendía ser algo así como mi novio, si no fuese por qué yo quería ser libre seguramente hubiese construido una historia cursi con él. Y estudié, y tuve un trabajo de medio tiempo, y llegaron las pasantías a la facultad. Una buena pasantía me facilitaría unas cuantas cosas, obtendría puntuación para no tener que tomar tantas materias adicionales y de paso tendría algo que agregar a mi cartilla laboral. Hace ya unos cuatro años de que firmé y me embarqué como tripulación de la Jauría, una nave de transporte comercial. Un viaje largo. Fueron como tres horas y media a hipervelocidad, fueron como cincuenta años para el resto del universo.
Tres horas de mi vida y mis padres habían muerto, y mi hermanito tenía nietos.
En un viaje por el espacio perdí mi historia personal. ¿Qué podía intentar reconstruir con mi hermano? Era como si me hubiese despertado de un coma. Una compañera me contó que en su primer viaje, al volver, no tuvo mejor idea que ir a visitar la tumba de su ex. Se había separado por una pelea tonta y por despecho se embarcó, y al volver al espacio continuo se encontró con un mensaje de él despidiéndose. Dice que vomitó y lloró por días, y que se embarcó nuevamente para visitar su tumba. Sabía que él ya era anciano y estaría muerto al llegar. Le mandó un mensaje deseando que lo llegase a leer antes de morir, y le juró que estaba volviendo solamente para dejarle flores en su tumba. Pero, no se animó a entrar al cementerio, y ahora cuenta la anécdota intercalándola con la vez que derramó café sobre un embajador y le inventó una historia muy loca para que no le haga una queja. Y yo, pienso que ese pibe que dejé no lo voy a volver a ver, y mis padres desaparecieron, y mi hermano está en otro mundo. Ir a verlo es imposible, embarcarme nuevamente es pasar de largo su muerte. Ya sé lo que he hecho, tomé una decisión, ya no tengo historia. Sé que es lo que se busca, al fin y al cabo, las historias personales afectan a la eficacia de los empleados. 
Para viajar por el espacio no hay que tener historia personal…
Al viajar por el espacio se pierda la historia personal…
¿Qué es lo que vivimos? Una vida paralela, una vida abstraída de la continuidad, una vida de saltos. Sospecho que al volver a mi mundo podría terminar de estudiar astrofísica, si existe la universidad, y si no será en otra. O en otro mundo. O podría quedar aquí varada, entre embarque y embarque, saltando de tiempo en tiempo. No sería ni la primera ni la última tripulante que abandonó una vida de continuidad, una historia, para entregarse a algo que no es ni historia ni nada claro.
Podría embarcarme a un planeta que se dice dentro de algunos años va a ser un paraíso lúdico. Aunque, quien sabe, podría ser que al llegar los hoteles hayan presentado quiebra. Pero no creo, las computadoras económicas son muy buenas para asegurar los negocios de las familias burguesas del cosmos. Familias que ya no especulan con el porvenir de sus nietos sino con eternos linajes. Es lo mismo, no suelen viajar mucho. Pero, dicen por ahí, existe la leyenda urbana de que hay una forma de viajar sin hacer saltos temporales, que los poderosos las usan, y que solo los peones estamos condenados a no tener historia.
Cuando aceptamos un contrato con una empresa, cuando nos embarcamos, estamos firmando un contrato con el destino, otro con la muerte, y estamos renunciando a muchas cosas. Otra compañera dice que viene viajando desde hace unos ocho años. ¡Ocho años! Ni me atrevo a hacer la cuenta. Yo no existía cuando ella empezó a viajar. Ella podría ser incluso un antepasado mío. ¡Quien sabe! Pero asegura que es su último viaje, que estuvo ahorrando y ahora se va a instalar como colona en este mundo, quiere plantar zapallos. Antes de embarcarme soñaba con la astrofísica y me hacía una idea medio romántica de abandonar todo, de entregarme a la aventura espacial. Ahora plantar zapallos me empieza a parecer una buena idea. ¡No es que quiera ser una granjera! No, ni ebria. Pero, la tranquilidad, la idea de una continuidad, de no perder nada más, establecer lazos. Y si no funciona, puedo embarcarme de vuelta. Bueno, hay un límite, muchos años no se puede estar sin embarcar, pero sí el tiempo suficiente para ver si uno se adapta. Pero no sé… Como ya lo perdí todo, y lo poco que tengo es lo que llevo conmigo, podría seguir así por mucho tiempo, muchísimo más tiempo para el tiempo continuo. Entiendo este aparato macabro, es como borrarte, resetearte, formatearte. Y uno se deja llevar. Ya no hay poesía romántica en esto.
Y el espacio, una eterna oscuridad. No hay ni arriba ni abajo, no hay ni día ni noche, no hay vida, no hay nadie, no hay nada. El espacio es vacío. En realidad no es así, hay partículas, pero… Es otra cosa que cambió en mi, y en pocos meses, cambié muchas cosas. Me fascinaba la complejidad atómica y ahora me es tan irrelevante. Yo no percibo más que vacío, soledad y un abismo eterno. Adentrarse en el espacio es como una muerte, y no hay explicación científica que me satisfaga. Que me van a hablar de cuántica, de neurología, pero es igual. Lo he visto en las caras de muchos futuros colonos, personas que abandonaron sus vidas para siempre para iniciar nuevas vidas. Gente con esperanzas o con tristezas abrazadoras, o con ambas cosas. He visto la vida y la muerte en los rostros humanos de los pasajeros. También he visto la muerte en vida, pasajeros y tripulantes que ya se desapegaron tanto de su historia personal que podría confundirlos con cualquiera de los tableros o consolas de la nave. No quiero convertirme en ellos… Espero darme cuenta a tiempo y abandonar. Quedarme en cualquier planeta, incluso plantando zapallos. Creo que si algún día despierto de un sueño profundo y mirando la ventana la inmensidad vacía, y si me doy cuenta de que ya estoy muerta en vida, creo que abriría una escotilla cualquiera para morir y llevarme la nave conmigo… Espero no llegar a eso.
Empiezo a creer que cometí un error. Que habían formas más “maduras” de alejarme de mis problemas, de mi familia y de mi misma. Pero, ya los dados del destino fueron arrojados y estoy en otro tiempo. Y soy otra persona. Es aterrador, y lo más aterrador es lo inevitable.
Viajar por el espacio con los ojos bien abiertos es mirar la muerte. La muerte no es una calavera sonriente con túnica y guadaña, la muerte es el abismo y la nada, el olvido. ¿Conocen la sensación de haber olvidado una canción o un rostro importante? Lo mismo, pero con uno mismo, con la vida.
No, no hay moraleja. Es muy fácil suponer una moraleja. Igualmente de fácil que pensar en un final trágico o feliz. No tengo idea de lo que me espera. ¿Alguien tiene idea de lo que le espera? Nomás, yo me precipito a un vacío más profundo que aquellos que persisten con sus historias en el tiempo continuo. Y no tengo moraleja. No quiero una moraleja.

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2018-01-21

Fragmento Caprichoso 12

Mucho ruido de voces y murmullos, palabras unidireccionales hacia la virtualidad, motores, pasos, maquinas. Humo y hollín, un sol de verano al medio día y el calor condensándose dentro de las camisas.
Alberto fruncía las cejas para protegerse del sol, el entorno ya se le distorsionaba, día tras día, y de repente todo se calló. Estaba caminando completamente solo bajo la sombre de un alto edificio y ya no había nadie. Ni gente, ni autos, ni ruidos, ni smoke. Y no parecía que hubiese diferencia.
Los pies se movían solos, el cuerpo tenía una inercia, la idea del barrio estaba en su frente como una zanahoria y detrás una oscuridad fría que le seguía, y no se animaba a dar vuelta la mirada.
¿Qué había pasado? ¿Como hubo un cambio de escenario tan grande? ¿Como fue tan natural? Como quien dobla la esquina y se transporta a un universo paralelo, como si lo hiciese todos los días.
La sombra crecía, y la luz se extraviaba, los edificios se hacían cada vez más altos y a Alberto le daba la sensación de que se le iban a caer encima.
La negrura lo acechaba por la espalda y su inconsciente le jugaba peores bromas, le recordaba la vez que casi se ahogó en la pileta de la colonia cuando chico. Y de repente en la colonia todos los miraban sin hacer nada, y cuando salía tosiendo ya no había nadie en ningún lado, sentía el calor extremo del cemento y el cloro en la garganta y la nariz. Y el viento que lo refrescaba, y volvía a la realidad. Y al o lejos, en el horizonte con espejismos en la avenida, allí estaba de vuelta la idea del barrio, y sus pies le pesaban.
En algún momento estaba nuevamente rodeado de gente, apretado en un anden de una terminal de tren, apretado por cuerpos y calor. No había noción del tiempo y el calor ya no le importaba. Y horas o minutos después estaba desnudo sobre la cama mirando el techo en penumbras. La oscuridad lo rodeaba a Alberto, se zambullía en un lago negro con un cielo negro. Se sentía flotar, y no podía distinguir si estaba de vuelta en la colonia o seguía en su cama de resortes. El sonido del ventilador de chapa se volvía monótono y en el cielo raso podía empezar a ver estrellas. ¿Donde estaba Alberto otra vez? ¿A qué mundo paralelo había sido transportado? ¿Sería el tanque de agua de la terraza de la casa de su infancia en una escapada de la cama mientras su familia dormía?
Las estrellas estaban ahí. Cada vez habían más estrellas. Lo rodeaban, se hacían grandes, tenían gravedad y le pesaban a él como miles de varillas. La piel le pesaba, los dedos de manos y pies se le agrandaban, se sentía pequeño en un cuerpo que se hinchaba. El cielo se le estaba viniendo encima y no podía moverse. Estaba paralizado y el cielo se le venía encima. Las estrellas se hacían mas grandes, más pesadas, se distorsionaban. Y el ventilador, triunfante, le regresaba al sudor de su espalda en las sábanas. El cielo raso oscuro, inerte, él estaba inerte.

Otro día, rutinas, ir al baño, lavarse la cara, mirar en el espejo y no reconocer su cara. Alberto se preguntaba si era él el que iba a hacer lo que sabía que iba a hacer ese día como todos. Tenía la idea de que se apagaba, que su cuerpo estaba en piloto automático y solo en sus sueños de vértigo cósmico estaba realmente lúcido. Y cuando salía por el umbral de su casa podía apenas percibir que el mundo entero giraba, a lo mejor en su casa no, y al pisar la vereda se mareaba. Algún cambio de anclaje, algún shock por sus pies.

Alberto sentía la inercia del mundo, una oscuridad tras su espalda, los edificios que crecían, la camisa que se calentaba. Caminaba y no quería mirar los rostros, no sabía que habría en ellos, huía de mirar los rostros que le parecían ajenos a la realidad. Estaba en un vagón de la formación del tren y vio una silueta. Un vestido blanco, cabello castaño largo, una mochila a un hombro, lo invadió olores de pasto y rayos de sol que acariciaban cálidamente en lugar de punzarle la piel. La sensación de falta de tiempo, sin vértigo, la ligereza de caminar haciendo equilibrio en una plaza. El recuerdo de una amiga que siempre estuvo a punto de ser algo más, la juventud y la libertad, el deseo, la aventura.
¡Tuvo que bajarse del tren! A los empujones, entre grotescas caras que lo recriminaban, forzando una puerta a punto de cerrar. De repente estuvo en el anden, la puerta se cerró atrás suyo y el tren se fue. Lo invadió la idea de que estaba en una falta gravísima, que había quebrado el orden maldito de su rutina, y se sintió sin vértigo.

El anden estaba vacío, no había ninguna mujer de vestido blanco y mochila. En el horizonte donde las vías se juntaban debía venir una nueva formación, un apretado tumulto que lo regresaría al vértigo de los edificios, al ruido y los rostros alienados. Su cuerpo estaba paralizado. Una formación paró atrás suyo, se fue, él seguía ahí. Decidió salir de la estación, no volver a la inercia de ese día. Caminó por una calle ajena. Compró una hamburguesa y una gaseosa y caminó, respiraba como saboreando el aire. En medio de una cuadra un callejón se le apareció, en medio del callejón unas plantas, algún tipo de vivero quizás. Se acercó por mera curiosidad y en la puerta había un espejo, y en el espejo una silueta femenina de vestido blanco. Se acercó, el vivero era una tienda llena de espejos, y los espejos no lo reflejaban.

Alberto rió suavemente y entró en un umbral oscuro donde a lo lejos se veía un patio con azulejos andaluces y plantas y una pelota de esas baratas. Nunca pudo volver a ningún lado.

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2018-01-10

Mascaras en el tiempo

En un gran banquete muchos personajes se encuentran, interactuan y entre dardos-palabras y guiños-besos, se dedican a comer y beber.

En algún lugar, desde algún balcón, una figura de vieja o viejo cuyo género es indistinto, juega con un plato de sopa que parece agua sucia, está junto a una calavera también vieja, y ambos ríen. La figura de vieja ríe, y la calavera parece que es lo único que hace.

En el banquete una señora es gorda y no para de comer y galantear, y un señor está muy maquillado y su rostro es amorfo por las muecas resultado de ocultar y ocultar lo que quiere expresar.

En el jardín, una niña y un niño, ambos desnudos, juegan alrededor de una fuente. No se deciden si se meten o no se meten, y corretean descalzos por el pasto.

La gran sala de mármol blanco y negro, rodeada de columnas y balcones, solo se ilumina entorno a los comensales. Una dama vestida de paño negro, algo traslúcido si se lo mira bien, única prenda si se la mira bien, y sus cabellos rojos sangre amagando cubrir lo que el paño amaga descubrir. Un par de gemelos mal maquillados, comiendo y bebiendo como espejos.

La figura anciana sigue riendo y jugando con su sopa, la calavera le hace compañía. Los niños del jardín se atreven, meten sus piecitos en el agua fría, entre nenufares y el agua oscura, y pronto empiezan a salpicarse.

Carnes y verduras, y dulces y alcohol, recorren la gran mesa y sirvientes con máscaras cambian fuentes vacías por llenas. Un señor elegante, aun con sus guantes blancos, roba cerezas de una torta. Finge que no es visto pero sabe que es visto, y un señor algo más joven y no tan elegante le sonríe y le llena la copa de vino.

El jardín está oscuro, y la mayoría de la luz viene de un ventanal desde adentro, y de unas antorchas de una terraza. Entre las ligustrinas la oscuridad oculta sombras mágicas que danzan y sonríen al ver a los niños.

Hay una figura, en la gran mesa, un anfitrión. Su túnica púrpura y dorada y su rostro sombrío bajo una capucha. Sus dientes de marfil tintinean y alza una copa de oro que ofrece orgulloso a su concurrencia. Muchas siluetas, se levantan, ofrecen sus copas, aplauden, ríen jocosas.

La figura de la anciana queda en silencio, segundos, para estallar en risa luego. Mira a la calavera que parece comprender y cómplice le regala una enorme sonrisa con casi todos los dientes.

Todos brindan. Los comensales en sus ropajes ficticios, la anciana con su cuchara y su calavera, los niños flotando en la fuente y contemplando la eternidad del cielo de noche.

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Volviendo con la noche

Distinguí sus sandalias plateadas entre tantos pies y tantas patas. Distinguí la presión de la piel de sus dedos cuando usaba tacos. Vi como se movían decididas a hacia la calle, la función había terminado, y mientras el auditorio esperaba agasajarse con los artistas, ella subía a un carro para alejarse. Esperé a que desapareciese de mi vista, no estoy seguro si fue una gentileza con ella o conmigo.
Me sonreí a mi mismo y caractericé un andar como si hubiese entendido un mensaje, no sé para quien estaba disimulando, las calles estaban oscuras y la gente estaba en otro mundo. Yo estaba en otro mundo.
Subí a otro carro, definí mi destino, de vuelta a la vieja floresta de siempre. Pensé, la pensé, me pensé, y me reí. Fue un ataque de algo desde lo profundo de mi mente y que se adueñó de mi, me hizo reír y puso palabras frente a mi que me revelaron evidentes verdades. Estaba en el carro solo, en una calle sola, en una oscuridad apenas acompañada por luces tenues. No le prestaba atención a las estrellas que estaban allí y apenas la luna desde algún lateral se erguía, y no quise saber si lloraba o se reía, y como es que reía.
"Soy un estúpido". Fueron las palabras. Y era evidente. Sabemos qué, o deberíamos saber qué, toda desilusión parte de una ilusión, y que las ilusiones son obra de uno mismo por querer buscar algo que no es. Las ilusiones son el resultado de apresurarse. Y me apresuré, y no vi en donde estaba y lo que hacía yo, y lo que hacía ella. Y me queda un poco la incógnita de saber qué es lo que ella buscaba, qué veía en mí, qué es lo que realmente pretendía. Supe que se arrepintió, no hablamos nunca al respecto, nada pasó, fue como un espejismo, fue como una ilusión.
Un estúpido por ilusionarme. Podría fácilmente culparla a ella, decir que ella me ilusionó, que ella corrió hacia el carro alejándose de mí que estaba ahí tan bien dispuesto, que tenía hermosos planes. Sería una falacia, y esa entidad ajena y hermana, me dijo estúpido y se rió con mi boca, y yo reí con ella con mi boca, y entendí muchas cosas. Y seguí avanzando en la noche, solo en el carro, comprendiendome y lamentando no poder contemplar el mar para comprender más.

Sé un poco más lo que quiero y lo que no quiero, sé un poco más quien soy y lo que no soy, y me cuesta un poco más ilusionarme, y las desilusiones no me impactan tanto. Y me pregunto, ahora, si es acaso una sólida madurez o una pútrida madurez...

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