“Recuerden que un blog es como una amorfa masa biomecanoide llena de cilicios y falanges qué alegremente se alimenta de vuestros comentarios!”

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2026-08-28

Callejon Liminar

 Un repartidor de comida agarra un pedido de última hora a una encrucijada de callejones del barrio Velez Sarfield, específicamente Triestes y Juan A Boeri. Más bien por la zona, pero llega a esa encrucijada por perderse. Tras entregar el pedido alguien le dice que menos mal que todavía no es las 3am, por que a esa hora el callejón Triestes que no tiene salida, se abre a otro barrio liminar de donde nadie vuelve. A la vez, todos los vecinos saben que gente vive en esos callejones pero nunca nadie los ve. Nadie se atreve a pasar por esa zona luego de la media noche. Algo instintivo lleva las piernas en otra dirección y hace olvidar toda certeza experimentada allí.


Me había acercado a mis compañeros en el área de la plaza Flores donde usualmente esperábamos a tomar nuevos pedidos, también aprovechábamos a comer un pancho o algo e intercambiar anécdotas. El colectivero que se arrimó vengativamente sobre uno, el que fue citado en la plaza de los Periodistas y estaban consumiendo falopa, el que ya no quería el pedido por que su novia lo acababa de dejar pero lo invitó a pasar a tomar una cerveza y él jura que no pasó y lo cargamos todo un mes con ello. En un momento me interrumpieron a la mitad de la ingesta de mi segundo super pancho con papitas pay.

—¡Dale boludo, contate algo, vos siempre con la salchicha en la boca!

—Claro, re goloso el chabón. Al menos no lo invitaron a tomar una cerveza para ahogar las penas...

—¡Callate! Te dije que no entré a tomar la birra.

—No dije que hubieses entrado. ¿Era rubia o negra?

—No soy tan gil para caer en esa. Y vos rescatate, dejá la salchicha y contate una anécdota.

—Bueno, para que me tomo algo que me quedó la salchicha atragantada. No se rían pelotudos, a todos nos ha pasado, especialmente a él— Todos rieron, y luego empecé a contar una anécdota.

Esto me pasó el mes pasado, era fines de septiembre y tomé un pedido como a las once menos cuarto de la noche, en poco cerraba el restaurante. Nadie agarraba el pedido por que era en la loma del orto, allá pasando Floresta. ¿Saben cual es la diferencia entre Flores y Floresta? Bueno, creo que era el barrio Veles Sarfield, aunque nadie se reconoce de ese barrio. El pedido era en un callejón cortito paralelo a Segurola. En medio del viaje me agarró la barrera baja del Sarmiento, uno de ida y uno de vuelta. Estuve a punto de mandarme pero una guarda me pegó un pitazo. Bueno, al final safé de ahí y fue a los pedos para esa calle al lado de Segurola.

La cosa es que no recuerdo qué pasó, si me mandaron un mensaje o qué, pero agarré un par de calles equivocadas y me metí en un pasaje raro, de esos muy angoste que deberían ser peatonales. Parecía una calle de villa en lugar de un barrio de casas de la ciudad. Estaba vacío, ahí pensé que me la iban a poner o algo, quiero decir que me iban a afanar, yo los conozco a ustedes pelotudos... Seguí por el callejón para ver el nombre y me encontré en una encrucijada con otro callejón. A ambos lados de cada uno calles vacías, poca iluminación, ahí me di cuenta de que tampoco escuchaba nada. Se supone que tenía la Juan B Justo cerca pero nada, todo silencioso. Un silencio de muerte pensé y se me pararon todos los pelitos de los brazos. En la esquina una puerta justo en el ángulo, la fachada era la de viejo almacén o fonda cerrado hace muchos años. Doblé la esquina en el otro callejón, no sé por qué sentí que tenía que alejarme de donde estaba, y a mi sorpresa el callejón no tenía salida. A ambos lados las beredas eran muy angostas y varias casas tenían macetas junto a las puertas. Ese callejón no parecía ser usado por vehículo alguno, de hecho ambos callejones lo parecían, como dije más bien eran como peatonales.

¿Vieron cuando se levantan a mear a la noche y no prenden las luces, avanzan por el pasillo de su casa rumbo al baño y aunque es tu casa de toda la vida te sentís en un lugar ajeno y tenés la certeza de que atrás tuyo hay alguien o algo? Entonces no podes darte vuelta por que sabes que si te das vuelta algo horrible te va a devorar, también sabes que es tu casa y no hay nadie, a lo mejor sí hay pero es el gato. Pero no te podes arriesgar, algo se apodera de tu cuerpo y no podés darte vuelta, y avanzas como fingiendo que no te diste cuenta de que atrás hay algo, no querés llamar la atención. Y vas al baño, y meas, y la sensación sigue ahí hasta que volvés a tu cuarto. Bueno, admito que eso me pasaba nomás cuando era chiquito. Los guachines son medio cagones con esas cosas, luego uno vive cosas reales en la calle y lo que menos teme es a un monstruo en el pasillo rumbo al baño... Cuestión que ahí estaba en ese callejoncito sin salida, miraba la pared oscura del fondo y volvía a tener esa sensación de cuando yo era guachín y me levantaba a mear.

Estuve unos minutos quieto y de pronto me dije a mi mismo que no podía ser tan cagón, así que me di vuelta y entonces. Bueno, no vi un carajo, pero mi corazón estaba a mil. Salí a los pedos por uno de los callejones alejándome de esa encrucijada maldita, terminé en una calle y a una cuadra puede ver que era Cesar Días, entonces me pude ubicar, fui hasta la avenida Segurola y de ahí encontré la calle esa en donde tenía que llevar el pedido.

El que me atendió fue amable pero tenía cara de culo. En una de esas me tira...

—Te vi en el GPS de la aplicación, estuviste parado un buen rato en los callejones esos.

—Ah sí, medio que me perdí por estos lugares, no soy de venir por acá, ni me acuerdo el nombre de los callejones.

—Triestes y Juan A Boeri. El cruce maldito.

—¿El qué? ¡Jaja! Sí, medio turbios esos callejones, no parecen ser de este barrio.

—No lo son.

—¿Como que no?

—No deberían existir esos callejones. Cuando yo era chiquito un vecino del barrio, que era un viejo timbero, me contó que él no conocía los callejones. No existían, y de un día al otro estaban y nadie recordaba qué había pasado. Que todos recordaban que siempre estuvieron ahí pero no recordaban haber estado. Los pibes sospechábamos que nos quería asustar así que íbamos a los callejones de camino a la canchita que está por acá. Nunca había nadie, en ningún horario, parecía un lugar falso. Luego el viejo nos dijo que como a las tres de la mañana el callejón sin salida se abría y conducía a otro barrio paralelo, como un espejo o algo así, y que si te metías ahí no volvías jamás. En fin, boludeces de pendejos. Por las dudas che, no vayas por ahí luego de la media noche, uno nunca sabe. Bueno, se me enfría la comida, tomá la propina que no confío en dártela por medio de la aplicación.

El sujeto se metió en la casa rápido. Yo me quedé con la idea en la cabeza y me acerqué a uno de los callejones sin entrar, miré para el fondo y seguía vacío. Me recordó a esas creepypastas de los ascensores que te llevan a otra dimensión y a esas habitaciones vacías que parecen que hay algo en algún lugar.

—Cada tanto tengo ganas de darme una vuelta con tiempo y la cabeza fresca a ver qué onda los callejonres, pero una cosa lleva a la otra, entre los vieajes y que me cansó, nuca voy para allá. ¡A lo mejor alguno de ustedes quiere acompañarme alguna noche, capás encontramos el callejoncito ese abierto a otra dimensión, jaja!

—Re oscuro eso que contás, te lo estás re inventando, no existe un lugar así por la zona.

—Yo vivo a unas cuadras de donde decís y no recuerdo los callejones que decís, ahora me queda la duda. ¿Como puede ser que un par de callejones tan raros hayan estado tanto tiempo ahí y no me haya dado cuenta?

—No sé, parece una creepypasta en serio, la sacaste de un foro de internet seguro. Eso a menos que algo en ese lugar haga que la gente se olvide que estuvo ahí... Che ¿Y si a lo mejor sí pasaste al otro lado y ahora estás en otra dimensión?

—¡Exacto, "muajaja"!

—No, no pasé a ningún lado, capás es nomás a las tres de la mañana. ¿Qué dicen, nos pegamos una vuelta en un rato? Yo ya no voy a agarrar más viajes por hoy.

—Tras mano.

—Yo voy a seguir un rato.

—Para mí que nos queres culear en el callejón, no voy ni en pedo.

—Son unos cagones.

—¿Y por qué no vas solo si sos tan valiente? ¿Te da cagaso de volver a sentirte como cuando eras chiquito?

—Y, capás que sí, capas hay lugares en esta ciudad que están en el borde de lo normal, capás simplemente estamos distraídos y no nos damos cuenta de los misterios que nos rodean.

—¡Fua, te pusiste espiritual! Terminate el pancho boludo.

Me reí, nos reímos. Mañana capás me doy una vuelta durante el día, ahora ya estoy cansado, no es que tenga miedo, bueno, a lo mejor un poco.


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2024-06-21

Perdurabilidad

Perdurabilidad...

Señora guitarra, señora botella vacía de emisión limitada, señor teclado mecánico DIMM, señor saquito de cuando yo era bebé, buenos días, en este día, tan rutinario, y uno más en la cuenta de caducasión desconocida hasta el día de mi muerte!  Hoy los saludo a todos, y en especial a tí, jarra con la letra “A” de una persona muerta y en donde bebo mi café, gracias señora cafetera negra también...  ¡Gracias a todos por este día!  ¿Para qué organismos multicelulares parlantes, con tanta “cosa” personificable útil e inútil?

Puntos suspensivos...

...Hoy ya es mañana...

Hoy no quiero saludar a nadie, ni siquiera a la señora camisa blanca a cuadros.
Ya no quiero personificar objetos, ni personificar personas tampoco, ni personificarme a mi mismo.  Quiero que se desmorone el concepto de persona.  ¡Quiero que se desmoronen estas palabras!  Si estás viendo que los caracteres se caen de la pantalla y se desquebrajan al chocar con el teclado, pues, me alegro por ti...

En sí, la cuestión es que me muero, como todos nos morimos, y no pienso en que valga la pena que queda nada de mi, y me refiero a esa estúpida falacia de continuidad en la descendencia.  No tiene el más mínimo sentido el conservar cosas, nada, nada de nada.  ¡Nada de nada!  No quiero saludar ni a aquellas personificaciones proyectadas a propio gusto, tengo suficiente con el espejo del botiquín, lo juro!

¿Quienes son ustedes, qué quieren?  ¿Qué hacen aquí?  Estoy seguro que se han equivocado de lugar pero bueno, no voy a detenerme a ofrecerles algo qué tomar, hagan lo que quieran y yo seguiré en lo mío.

¿O eran fantasmas, o ilusiones, o cosas que vienen de esa canción?  No me importa.  Decía que no quiero más nada de nada con nada.  Por qué nada importa realmente, es decir que apenas tengo algo de apego a mi identidad y mi ser, y nada más, y no hay nada luego de ello.  Esta canción sí me provoca ideas, carajo!

¿Siguen acá?  Sepan que no estoy programando nada, no hay argumento, yo no tengo argumento.

Había pensado en dibujarme un tercer ojo en la frente, una vez hice algo parecido, pero decidí por escribirme “Hola!”, así no tengo que hablar al encontrarme con alguien.

Joaquín Armental
Escrito el 21 de Junio del 2014 en mi casa, rodeado de objetos y gente, programado para ser publicado dentro de diez años.
Dos puntos y paréntesis.


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2019-11-07

Jaula de Perros

Hoy es segundo sábado del mes, y como todos los segundos sábados del mes es el día de la “Jaula de Perros”. No recuerdo si alguna vez he venido ansioso a este espectáculo, siempre vengo por tradición, porque todos vienen, porque no hay nada que hacer los sábados. Escucho los megáfonos como siempre. —Hoy tenemos cuatro delincuentes, el primero de poca monta, un ladrón de carteras agarrado tratando de escapar del pueblo. Dos delincuentes violentos, uno que robó una moto y otro que asaltó a una pobre señora con un arma de fuego. Y para el final, un instructor de natación de aquí del pueblo, un pederasta. ¡Y no les digo más, que empiecen las ejecuciones!— Las masas aplauden y gritan mientras tambalean los tablones, yo me paseo tras las tribunas y ya puedo sentir los atrayentes aromas de chorizo y bondiola en la parrilla. Junto a mi pasa un conocido del barrio con una cerveza y me saluda sonriente inclinando la cabeza, le contesto la cortesía. Podría tomarme una cerveza y comer algo de la parrilla.
Los megáfonos ya habían anunciado al primer condenado, pispeo entre las piernas de algunos espectadores. Veo la jaula oxidada y la silueta del ladrón de carteras desesperado. Se siente en el aire la desesperación del condenado que sabe que va a morir y de los reunidos para ver el espectáculo.

—Hola, sí…
—Hola señor. Toda la carne está buena, como siempre. ¿Qué gusta?
—¿El chori ya está cocido?
—Bien cocido, o jugoso, como usted prefiera.
—Cocido por favor.
—¿Le pone algo al chori?
—Eh… Sí, criolla.
—Marche un chori con criolla para el señor!
Era sorprendente como esta carnicería nos habría más el apetito. Ya hace unos minutos que habían traído a los primeros perros, ladraban eufóricos, y el ladronzuelo gritaba y suplicaba por su vida. Ahora ya los tiene encima, ahora grita en serio, grita con toda su fuerza tratando de aferrarse a algo. No tiene más esperanza que ser comido rápido. Pero nunca es posible. Todos los condenados tienen un collar metálico parecido a esos que les ponen a los que se lesionan el cuello. La finalidad es que los perros no muerdan el cuello para que tarden más tiempo en matar al infeliz. Estos perros están entrenados, ya saben que su presa no se va a escapar a ningún lado así que no se preocupan por matar a la presa. En todo caso se apuran a comer cuanto pueden antes que lo haga otro de los perros. Y no, generalmente los condenados no son atados ni nada, no es necesario, no pueden “pelear” contra las fieras.

—¡Qué espectáculo, señoras y señores! ¿Pueden creerlo, como gritaba? A ver si algún otro infeliz se atreve a andar robando carteras en nuestro pueblo. El que las hace las paga, y si uno no anda en nada raro… ¡Puede disfrutar el espectáculo! Y recuerden que parte de lo recaudado será donado al comedor comunitario de los niños huérfanos Santa María de la Misericordia— Todos aplauden nuevamente. No les importa mucho el tema de la donación, aunque las señoras en las verdulerías siempre comentan lo bien que hace ese dinero a los pobres niños, algunos se quedaron sin padres porque fueron arrojados a la jaula de los perros y ellos no tienen la culpa de los errores de sus progenitores. “¡Alguien tenía que hacer algo por ellos, santo Dios!” Y los señores en la noche del sábado comentarán como gritaba tal, como pataleaba cual, cuanto duró uno y lo necesario de ser tan duro con la ley. Porque “desde que implementamos la Jaula de Perros en el pueblo los delitos y crímenes bajaron considerablemente”.

Me acerco a la baranda que nos separa prudentemente de la jaula. Oficialmente es para seguridad. Ahí está el segundo infeliz, el que se quiso robar una moto, como una humorada le ataron los tobillos a una pesada rueda lo cual causa muchas rizas. El sujeto está horrorizado, su rostro es el de un cachorro mojado y asustado bajo una tormenta, mira a su alrededor sin saber qué mierda es lo que busca.
—¿Podrá escapar de los perros sin el resto del vehículo?— Todos ríen, el chiste es malísimo como todos los chistes que hace el relator. Algunas veces me dan ganas de darle una patada y tirarlo a la jaula por ser tan boludo, pero eso estaría mal, sería un crimen… Igualmente todos se ríen alocadamente, se ríen del infeliz atado a la rueda, obviamente. Entonces se escuchan los ladridos, se abre la compuerta y se le arrojan encima unos cuantos perros delgados, parecen cruzas con galgos. El ladrón grita, ya es devorado, los espectadores aplauden y vitorean. Veo su rostro agonizando recorriendo nuevamente, quizás desea que algún alma bondadosa le pegue un tiro de gracia. ¡Claro que no! ¿Privarnos del espectáculo? Un poco me saca las ganas de comer. No digo que no esté acostumbrado a estas cosas, desde que era joven que vengo, veo y escucho las ejecuciones, como algo de la parrilla, me voy a casa, charlo con los vecinos, veo un partido, a veces voy a misa.

Una vez que vuelven a sus perreras a las bestias y retiran el cadáver un par de empleados acondicionan un poco el lugar. Juntan los huesos y tripas, no vaya a ser que los próximos perros se entretengan comiendo otra cosa que no sea el condenado de turno. Retiran algún utensilio de tortura según las elocuentes ocurrencias de los organizadores. Como eso de atar al ladrón de moto a una rueda. ¿Cómo no se le ocurrieron colgarle un costal con adoquines al ladrón de carteras?... Creo que eso lo hicieron varias veces y ya perdió la gracia. Pero ahora reparo en algo que antes no había hecho, en los empleados que acondicionan la jaula. ¡Sería una desgracia que algún pelotudo abriese por error alguna perrera y se suelten unos hambrientos animales sobre los inocentes empleados! Estar limpiando la jaula es lo más cerca que un ciudadano honrado puede estar de la carnicería. Se me viene a la mente esa superstición de no pasar bajo las escaleras que a su vez proviene de las escaleras del patíbulo, de los ahorcamientos y decapitaciones, y estar bajo la escalera era lo más cerca de estar a la condena a la muerte.

—¿Pueden creer que alguien sea tan animal como para apuntar con un arma de fuego a una honrada ciudadana? ¡A una señora mayor!— La señora no es tan mayor, todavía no llega a los cincuenta, la he cruzado un par de veces en la despensa y hasta la he escuchado hablar de lo terrible que fue el asalto y lo justo y bien merecido que tenía ese malviviente que iba a ser seguramente enviado a La Jaula. Lo gracioso es que la señora debe de haberse molestado porque el locutor la llamase “señora mayor”, es una de esas señoras “coquetas” como dicen… Recuerdo que al principio solo se enviaban a La Jaula a asesinos y diversos criminales, nunca a un ladrón de carteras. Pero ya hay menos crímenes mayores, así que hay que ser menos indulgente para mantener el espectáculo.
Me había sentado en un rinconcito de tablón que encontré libre para comerme mi chori. Ahí en la jaula ya está el tercer condenado del día, el asaltante de señoras, el cruel malviviente, con los tobillos atados y la mirada desesperada. Grita por piedad, que ya aprendió la lección, que tiene familia, que no quiere morir, llora. Se abre la jaula y entran unos rotwailers que se tiran encima con saña. Mientras el infeliz grita desesperado los perros revolean sus hocicos con furia arrancando pedazos de carne. En algunas ocasiones saltan salpicaduras de sangre a la tribuna que ovaciona.
—Yo tengo uno de esos perros, digo, de esa raza— Me comenta un vecino sentado junto a mi —Al principio mi esposa estaba procupada ¿Viste cómo son las mujeres? Pero ahora todos nos sentimos más seguros, el perro nos cuida la casa de lo más bien.
—¿Nunca pensaste que para los perros no hay “criminales” e “inocentes”? Solo almuerzos con poder sobre ellos, y almuerzos caídos en desgracia.
—¡Jajaja! ¡Qué ocurrente que sos!
—Más que el locutor seguro…
—Sí, bueno, eso no sería difícil.
No, él no entiende o no quiere entender lo que digo. Para los perros todos somos potenciales comidas solo que unos están adentro y otros afuera de la jaula. Y los que están adentro perdieron la protección de los que están afuera. —Uy, le soltaron la mano a ese boludo, a comer muchachos! — Así me imagino a los animales antes de entrar a la jaula. Y la verdad es que cada vez al paso que vamos, cualquiera de nosotros podría estar ahí dentro. Se van acabando los criminales, van con los asaltantes, se acaban los asaltantes pues van con los ladronzuelos, cuando no hayan tantos ladronzuelos van a ir por los que estacionan en una esquina o los que dan mal un vuelto…

—¡Una barbaridad señoras y señores! ¡Pero mayor barbaridad es meterse con una señora! Y parece que los perros han comido bien… Pero mientras que los empleados limpian y acondicionan la jaula, prepárense. El próximo condenado no es cualquier condenado, es un monstruo, de esos monstruos que se esconden entre nosotros esperando atacar a los más vulnerables. ¡A nuestros niños! Se me para el corazón de pensarlo. — Las tribunas silban indignadas —Sí, exacto. En minutos el violador serial de niños tendrá su merecido. ¡Y de una manera especial como se merece! — Gritos y aplausos —Y mientras esperan aprovechen para ir al baño, comprarse algo en la parrilla, el espectáculo empezará en breve.

No malentiendan, un pederasta es un pederasta… Pero mientras que ahí dentro de la jaula los rostros se vuelven humanos por la desesperación, acá afuera los nuestros se vuelven monstruosos por el hambre de sangre. ¿Somos tan diferentes? Somos cientos de cómplices de una carnicería humana y lo único que nos exonera es un formalismo legal.
—¡Qué monstruo ese sujeto! ¿Verdad? ¿No te desespera? — Me dice mi vecino, y luego apura unos tragos de cerveza. —Y pensar que mi sobrinito iba a la misma pileta donde enseña ese maldito… ¡Dios! Bien merecido se tiene el castigo.
—Por suerte tenemos La Jaula que separa a los infames de la gente honrada.
—¿Cómo? … ¡Sí, sí, eso mismo, claro que sí! — Me palmea cómplice el hombro y sigue bebiendo.

En la jaula va entrando un raro armatoste. Pusieron al abusador en un armazón metálico que le mantiene abiertas las piernas, un verdugo levanta una tela que le cubre entre las piernas. Para el deleite general a éste lo amordazaron sin ropas. Aparece otro verdugo con un pequeño perrito chihuahua llevado por un palo. El perrito está furibundo, juraría que rabioso, parece una piraña con patas. Ya todos sabemos lo que va a pasar.
—¡Ojo por ojo, diente por diente! ¡Ya podemos imaginarnos lo que le espera a este violador! — El elocuente locutor como siempre…
El abusador implora piedad y grita que es un mal entendido. Pero no, tuvo tiempo de sobra para pensar en lo que iba a hacer, ahora ya es tarde. Ahora es carne de perro, o de perrito más bien. Los ladridos estridentes del chihuahua ya se ahogan en la sangre y en la carne del condenado, él por su parte grita desesperado desgarrando sus cuerdas vocales.
—¡Como está está ese perrito lleno de odio! ¡Y no es para menos, con ese monstruo abusador en la jaula!
Definitivamente el chihuahua está rabioso, un animalito así de chiquito ya se habría llenado, ahora está despedazando con furia descontrolada nomás. La multitud se entremezcla entre rizas, gritos eufóricos, insultos y silencios expectantes. ¿Realmente nos diferenciamos tanto? ¿Cuál es el punto de inflexión, un abuso infantil, un asalto, robarse un bolso? Estamos tan seguros de ser derechos y humanos de este lado de la jaula, comiendo y bebiendo y disfrutando del espectáculo. Necesitamos odiar con fuerza a los condenados, despreciarlos, para sentirnos limpios y merecedores del espectáculo y la libertad. Necesitamos estar convencidos de que la malicia es la naturaleza de algunos, y la corrección la nuestra.

—¡Tremendo, vecino! ¿Verdad?
—Una carnicería despiadada para el placer de animales…
—Sí, animales, animales comiendo a otros animales, tú lo has dicho. ¿Sabés? Cada vez que termina el espectáculo me siento más tranquilo, como que hay una justicia que pone las cosas en orden…

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