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2013-01-08

Fresca Sonrisa



Fresca Sonrisa

Espontanea y natural se me aparece.
Frena las penas sin que sea proeza,
Suavizando la cotidiana dureza.
Mi espíritu menguado rejuvenece.

Superando quizás lo que uno merece,
Brotando iluminada con entereza,
Eterna y libre de cualquier aspereza.
En vano su permanencia yo quisiese...

Revive a quienes rodea tu presencia
Junto a tu mirada como fresca brisa.
Parece que no percibes tu influencia...

Serena y grácil, pero jamás sumisa!
Enérgica, pura y con vivaz potencia.
Así es como tu luces con tu sonrisa!

Joaquín Armental
T20130108
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2013-01-04

Esencialmente humanoides


Caminé por la senda junto a la ventana al exterior, tras ella la negrura del espacio se salpicaba a penas por las estrellas.  Hacía falta mirar con detención para notar que siempre hay muchas más de las que uno cree.  Tenía un paquete armado a las apuradas, dentro llevaba una comida que había hecho con esmero y al pensarme a mi en esa situación no pude no reírme de mi y recordad las viejas series animadas japonesas.  —¡Me he transformado en un cliché!  Bizarro y exótico, pero un cliché.—  Seguí mi rumbo y me acomodé un poco el cabello, largo y ondulado como siempre me había gustado.  La senda metálica seguía mucho más y tenía unos veinte minutos de caminata tranquila.  ¿Qué tenía el paquete?  Los llamados “otakus”, aficionados a la cultura japonesa, sabrán entender mi risa y mi referencia a un cliché.  Había cocinado con profunda dedicación una comida que sabía que a ella le gustaba y que era muy difícil de conseguir hoy en día.  En parte por la dificultad de producir con fidelidad los materiales para prepararlo, y en otra parte por que eramos pocos los que recordábamos aun los procedimientos anticuados de la vida planetaria.  En resumen, sabía que mi obsequio habría de gustarle.  Y ella seguramente habría de esperarme con una infusión que, debo aclarar, también era difícil de reproducir.  No es que ella sea la mejor en prepararla, habían muchos que lo habrían hecho mejor, pero su dedicación era más gratificante para mi que cualquier otra.
Caminé sin prestarle demasiada atención a las estrellas tras las ventanas, ya estaba demasiado acostumbrado.  Y solo observé con interés las luces artificiales de los faroles.  Los senderos estaban iluminados por faroles de una forma redondeada y poco llamativa, y no pude no pensar en un dejau vu.  Estaba seguro de haber visto escenas similares yendo por algún parque del planeta.  Pensé en que hay patrones que escapan a cualquier adaptación, y que no dejamos de repetirnos a nosotros mismos.  A pesar de haber abandonado hace tanto tiempo la vida en la atmósfera, a pesar de habernos adaptado tan bien a un hábitat artificial en el espacio, rodeados de paredes de metal y data-placas y data-paneles.  La tecnología nos había permitido dominar nuestros cuerpos y mantenernos jóvenes y saludables, pero eramos los mismos en el fondo.  Siempre lo voy a sostener, desde que vivía en el planeta que lo sostengo, que nunca cambiamos, que solo nos adaptamos.  ¡Y grande y bueno es saber que nos adaptamos!  Eso hace la diferencia entre ser hipócrita o iluso.  Sabernos adaptables y adaptados es un gran avance.  Solo resta hurgar y saber hasta donde nosotros somos adaptación al entorno y qué es lo que realmente somos.  Y ahí surgen los patrones...  ¿Por qué habríamos de tener tantos patrones?  Si no es adaptación al entorno, si no es adaptación a los demás, los patrones están ligados a lo que siempre seremos.  —¿Y qué tiene que ver esto con los faroles?  ¡Jajaja! —  Sonreí pensando en lo difícil que me sería encontrar la relación con los faroles, pero sabiendo que muy probablemente esa misma noche estaría buscándola.  Y ahí me encontré con otro patrón, el de la noche.  Ya no existe la noche, en el espacio no hay noche, pero nos empecinamos en que la haya.  ¿Creamos siclos de día y noche solo para adaptarnos a la carencia de noche en el espacio o es que el día y la noche se asocia fuertemente a algo que somos y siempre seremos?
La búsqueda de lo que realmente somos es importante para algunos, estamos en una etapa de vertiginoso cambio en el que algunos tememos perdernos a nosotros mismos.  Y muy probablemente es por eso que me aferré tan fuertemente a ella.  Una de las pocas personas que me encontré que había conocido y querido en el planeta.  Y me alegré mucho más de que siguiese soltera, o más bien, “libre”...  La primera vez que la vi en la eco-nave me quedé paralizado, ella me sonrió como lo hacía antiguamente con un toque de inocencia, luego la abracé tan fuerte que casi le quito el aire.  Derramé lágrimas y eso fue todo un logro, pensé que ya no las habría de derramar por alguien, pensé que me había adaptado a la frialdad de mi nuevo entorno.  Desde entonce no dejé de visitarla o invitarla a dar una vuelta, y a pesar de que nos conocíamos de antes y de que ya han pasado tantos años desde el reencuentro, todavía me cuestan algunas demostraciones de afecto y me sonrojo, otra cosa que no ha cambiado en mi...
Su hijo me vio a lo lejos por el sendero.  Él era un joven notable en una de las células de trabajo mecánico.  Cuando lo había conocido en el planeta a penas tenía dos años de vida.  Ahora había pasado tanto tiempo que aparentaba la misma edad que yo, o más bien yo aparentaba la misma de él.  Pero los que sabemos mirar podemos apreciar en la mirada y en los movimientos el paso de los años en una persona.  Por más que seamos saludables, hay ciertos detalles que se dejan traslucir, una forma diferente de apreciar las cosas con menos ansias.  ¿Esto es entonces adaptación?  ¿Como separar en una personalidad lo que siempre se es de lo que se va siendo en diferentes momentos?  No dejo de comparar a personas que asemejan la misma edad pero que tienen diferencias significativas.  El muchacho me saludó de nuevo, ya acostumbrado a mi presencia, y se volvió a la casa para prepararse a una tarea laboral.  Ella salió a la puerta para recibirme justo cuando pensaba en que no tenemos casas propiamente dichas y seguimos usando esa palabra.  Ya no importaba de todos modos, me sonrió y me saludó con un beso, por lo tanto no hay razón para pensar en palabras.
Entro con ella y quiero pensar que los besos están entre esas cosas que siempre serán!

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2012-12-13

Sin Destino



—¿Por qué me embarqué en este barco y no en otro?
—...
—Uno deja pasar las oportunidades, es más seguro esperar el momento indicado.  ¿Sabes?  Creerías que lo que digo es propio de un cobarde o de un conformista.  Pero resulta que es normal el acobardarse un poco, el miedo no es malo en sí mismo, es una advertencia que si se la sabe escuchar, enseña!
—Ajá...  ¿Entonces por qué abordaste este barco?
—¿Qué es lo más seguro, quedarse en tierra?
—Eso depende.  Para mi quedarme en tierra es la muerte, es marchitarme lentamente...
—¡Exacto!  Eso es.  Lo más seguro es preservar la integridad de uno mismo.  Por que si uno no es uno mismo, se muere, y eso no es para nada seguro, no lo es!
—¿Y por qué abordaste este barco y no otro?
—Por que todos los otros barcos eran simples barcos, no valían la pena, el miedo me decía que no valía la pena.  ¿Perder las seguridades obtenidas por un pedazo de madera a la deriva?
—¿No estamos en un pedazo de madera a la deriva?
—¡No lo estamos!  Este barco es diferente, con este barco me identifico.  Encontrarme con este barco es darme cuenta de mi destino.  Lo reconocí por que tiene un poco de mi.  Será por que es una exótica mezcla de materiales tradicionales con diseños modernos.  Será por que la tripulación no huele tan mal como otras, jaja!
—No lo digas en vos alta, te lo recomiendo mucho...
—Será por que estás tu, que no eres cualquier capitán, eres como una diosa del mar encarnada, una pitonisa del océano!
—¡Callate!  No vuelvas a decirme esas groserías.
—¡Pero no son groserías!
—Si lo son para un mercenario como yo.
—“Una mercenaria” dirás...
—No, dije “un”.  Eres demasiado blando para este barco me parece...
—No te creas...  ¿En donde estaba?  ¡Sí, estaba en que este barco es diferente!  Por que el encontrarme con este barco es darme cuenta de que es mi destino.  No es un riesgo subir, un riesgo es no subir.
—Te cagarás encima en la primera tormenta, jajaja!
—Las tormentas que vendrán son parte de mi historia, sería tonto temerles, sería tonto preocuparme.
—Yo no creo en el destino...  ¿Sabes?  Yo creo que las estrellas saben más de nosotros que nosotros mismos...  Pero no creo en el destino.  No en cuanto a que no podremos jamás saberlo!
—El destino es, mi querida capitana, nuestra identidad!

Daniela se alejó de la baranda de madera en donde estaba Simón, fingiendo en su rostro cierto desprecio necesario para preservar su estampa, pero conteniendo con fuerza una sonrisa de satisfacción por haber encontrado con palabras nuevas el discurso que se decía siempre a si misma.
Simón fingió que no sentía un poco de náuseas con el vaivén del barco...


Nota:  “Sin Destino” es el nombre del barco.


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