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2016-02-16

Fragmento Caprichoso 10


C—Entonces, Etilaida...
E—¿Qué se te ocurre Catalina?
C—Ahora mismo... ¿Podríamos decir que este diálogo pasa el "Test de Bechdel"?
E—Tecnicamente, sí. Somos dos mujeres, con nombre, y estamos hablando entre sí de... ¡Ha! Por poco caigo en la trampa, pilla!
C—Jaja! De todos modos, a ver. Para mi esto mismo que hacemos ahora mismo sería una entelequia, la entelekia del Test de Bechdel.
E—Creo que tenés razón, Cata.
C—Para mi las entelequias requieren que no haya conciencia de su calidad de enteléquia. Por que entonces se convierte en una conveniencia, en algo ficticio.
E—Bien, pero. Desde el momento que queremos decir algo, lo que viene a continuación es ficticio. Las palabras mismas están bien armaditas, elegidas para concatenarse y tener un sentido. Y cuando se trata de dos dialécticas interactuando mucho más aun! Pura ficción.
C—¿Somos ficticias?
E—No quisiera creerlo, y no me atrevo a mirar la cuarta pared.
C—Eso sería demasiado...
E—Fijate, tiene que haber alguna dirección a la que ninguna de las dos miramos, la cuarta pared, la complicidad con el espectador...
C—¡Jaja! El único espectador es el mozo, y nos mira como... ¡Mierda, la cagué!
E—¡Rápido, rápido! Es una moza, fijate bien, tiene pelo corto y una minifalda sobre la calza negra, y nos está mirando...
C—No, ya no tiene sentido, sabés que no podemos "editar" nuestras palabras como el cuaderno que tenés en la mochila.
E—Pura mierda ese test al fin y al cabo... ¿Acaso no le ponemos género a las cosas? La tostadora, el farol, la balanza, el parquímetro. No podemos escapar del género sin deshacernos del lenguaje.
C—... No podemos escapar de la ficción sin deshacernos del lenguaje.
E—¿No pensaste que los libros no tienen una cuarta pared?
C—¿No pensaste que si lee un hombre el teste también se va a la mierda? Aunque no haya interacción, si hay un texto explicativo el hombre lo lee con su vos de hombre en su mente y listo, a la mierda.
E—Como dije. ¡A la mierda el Test de Bechdel! Somos dos minas, una más porteña que la otra...
C—...Es decir vos...
E—...Sí. Dos minas, y estamos hablando de trascender las dimensiones, de plantearnos el existencialismo como una trampa literaria, hablamos de entelequias y de la ficción inherente en el lenguaje... No me van a venir a decir que "no somos bechdelianamente correctas" por que de pronto aparece un mozo. El mozo es parte del bar, ya lo sabes, y no puede ser una moza, por que estamos en este bar de madera, nuevamente. Con mesas de madera, y ventanas con pinturas fileteadas, enfrente de una plaza llena de monjas, prostitutas y palomas conspirativas. No puede haber una moza, no estamos en Palermo Soho.
C—A parte, desde ese punto de vista, el mozo es un objeto integral del bar, como la cafetera de los tiempos de Gardel y el espejo tras la barra.
E—No, la cafetera no es tan viaja...
C—¡Jaja!
E—¡Haha!
C—La cuestión es no hablar de una persona masculina en particular, o del género masculino.
E—Más bien la cuestión es demostrar, bien de entelequia, que en este momento en especial, los hombres, o algún hombre en particular, es totalmente irrelevante a nuestra conversación. El mozo como bien acordamos no es un hombre, es un objeto autómata del propio bar.
C—Igual, no le demos mucha importancia.
E—Sí, no lo mires, vamos a "ningunearlo".
C—Sí. ¿De qué hablábamos? Tuve una laguna...
E—De la entelequia y la ficción, y de que la entelequia necesitaría forzosamente ser inconsciente de que lo es. No sé, no me convence...
C—La entelequia, tenga o no tenga voluntad, o en ella participe quizás alguna voluntad, en el momento que hay una conciencia de que se participa de la entelequia, se la empieza a construir.
E—¿Y qué problema hay con ella? ¿Por qué deja de ser entelequia si se la está haciendo?
C—Me figuro la entelequia como una personalidad. Notese que es una personalidad de género femenino, por si acaso, viste?
E—Total, es casi como una vieja amiga, muy vieja a decir verdad, pero simpática. La entelequia es como una especie de tía.
C—... ¡No lo habría dicho mejor! La entelequia al estar consciente de tal, o al haber una consciencia que participa de la entelequia, la busca, la provoca, y entonces no está ya definida, deja de ser un fin en sí misma y deja de ser entelequia.
E—No se deja de ser entelequia, se es o no se es entelequia. Pero, del mismo modo, por que la entelequia es un fin... La entelequia está terminada en sí misma.
C—Sí, cuidemos los géneros...
E—Claro. La entelequia está activa en sí misma, al ser consciente o tener una consciencia partícipe de ella, es entonces mucho mas entelequia! Es una forma de decir, por que si se es o no se es, no se puede ser más o menos una misma cosa, en cuanto a universales, universalezas...
C—Pero no es un fin si está trabajando activamente.
E—Todo lo contrario, es un fin por que está trabajando activamente. ¿Qué me decías de los ideales? Que al ser los ideales inalcanzables, se mantiene vivo el ideal trabajando activamente en él, aunque nunca se lo alcance. Pues, no encuentro ningún ejemplo mejor que los ideales para representar una verdadera y legítima, y bien merecida y bechdeliana, entelequia.
C—Puede ser, el fundamento es bueno, o es una buena fundamentación.
E—¿Podemos decir entones que estamos participando de una entelequia bechdeliana?
C—Sabes que... Ahora que lo pienso, el mozo, el bar.
E—¿Qué hay con ello?
C—El mozo es un objeto del bar, ya eso está definido, no puede escapar de su coseidad. Pero el bar mismo tiene personalidad, y tiene género. Es "un" bar, y no cualquier bar, es "un bar porteño". Los bares porteños son masculinos, por más mujeres bechdelianas que los frecuenten.
E—Quizás si hubiésemos discutido esto en la plaza...
C—Entre las monjas y las prostitutas y las palomas.
E—No, el bar es un triunfo, no y el género es ficticio, como el lenguaje!
C—Dejemos de hablar de esto, antes de que alguna mano redactora infame...
E—...Bien ahí!...
C—...nos venga a poner un cierre literario que cualquier vos masculina de cualquier lector nos venga a estropear este diálogo bechdelianísimo!
E—De hecho, si alguien nos leyera, seguramente sería de género femenino, o al menos nos imaginaría con voces femeninas.
C—Le voy pidiendo la cuanta a la cosa esa que parece un mozo.
E—Perfecto cierre, no queda más que decir!

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2016-01-26

Mascara en el espacio y tiempo

Lentamente me fui deslizando, parecería algo normal pero no me lo parece a mi. Primero sin entender el por qué. ¿Por qué la gente procrea? Hoy veo a todos los que alguna vez conocí y todos tienen hijos, hijas, pequeños seres a los que exhiben orgullosos. ¿Por qué la gente estudia? Conozco tanto nombres con epítetos, como sentencias que definen y vuelven a los hombres más que hombres. ¿Por qué la gente sigue haciendo todo esto, por qué? Veo a todos iguales, moviendose de aquí para allá, subiendo y bajando, entrando y saliendo. ¿Y para qué? ¿Cual es el fin de cada uno? Progresar en un empleo, recorrer el mundo, conocer a otros, aprender cosas... Entonces, me fui deslizando...

Algo soy y algo hago. No sé si soy por que hago o si hago por que soy. Incluso me pregunto... ¿Por qué estoy escribiendo? Lentamente me deslizo. Soy uno más pero a la vez, me diferencio por que me cuestiono todo esto. ¿Cual es el sentido? ¿Lo hay acaso? Soy el que mira detrás de la máscara...

Alguien dijo que el lenguaje es el deseo de entender. ¿Y a quien? ¿Entender si los fenómenos se han percatado de que se deslizan? ¿Entender que es uno al contrastarse con los otros, definirnos? Dejar de necesitar el entender, volver a un estado de no curiosidad, sacarse la máscara, dejar de deslizarse. ¿Es eso posible sin morir? Detener el tiempo, que es detener el movimiento, y estar en todas partes, comprenderlo todo o no necesitar comprender nada. Esta vida es un desliz, y a la vez una trampa, por que evitamos resolver el problema. Creamos soluciones que pueden ser entendidas, nos desliamos.

Es entonces imposible evitarlo. Es imposible comprender y dejar de deslizarse. La máscara es una prisión y un medio a la vez. Sigo deslizándome...


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2015-11-27

mascaras de salon


La nieve reposaba en el anden y una locomotora se mantenía caliente. Los vagones se extendían todos de negro metal.
Lentamente las personas se amontonaban, se despedían y subían a la formación. Algunos obreros subían cargamento. El vapor se desprendía de la chimenea de la máquina y se elevaba sobre la noche.

Una femenina silueta no se despidió de nadie y subió una escalera metálica, entró en un vagón, se adentró entre camarotes y dentro de uno de ello se sentó en un mullido asiento. Contempló a quienes se despedían en el anden y a quienes cargaban equipaje, contempló los cientos de pisadas que en la nieve formaban un caos.

El frío de afuera y el templado ambiente de adentro empañaba los vidrios, ella dibujó con su dedo en el vidrio. Ojos, y un contorno, la silueta de una máscara.

En un salón elegante y colmado de sofisticados atuendos ella se movía, a través de las personas y del recuerdo desde el camarote de un tren que en cualquier momento partiría. Un baile de máscaras, todas decoradas, de variadas formas y con piedras y plumas y diversos colores. Solo máscaras y atuendos sofisticados.

El tren dio un golpe, y otro, y otro, y el silbato sonó, y el andén se fue corriendo detrás del vidrio empañado.

Por las voces ella se daba cuenta, en aquel salón lleno de máscaras, quienes eran muchas de esas personas. Muchas otras no, pero aun así las voces algo decían además de las palabras. Y las palabras también decían mucho más que solo su etimología. Los cuerpos mostraban diferentes formas de interpretar la elegancia, algunos de forma forzada. La elegancia nunca puede ser forzada, eso se nota y desentona... Otros cuerpos, con gracia, se entregaban a la música.
Una voz conocida por detrás, una en particular, se corrió de un lado a otro mientras se acercaba al oído. Mientras que tras las máscaras los ojos se colaban para ver lo que rodeaba, para intentar pescar confidencias entre los intentos de ocultar los rostros, muchos cuerpos, con sus atuendos y desplazamientos y voces, eran bien reconocidos.
Los que no hablaban en voz alta se mostraban borrosos, entre los atuendos similares y las máscaras diferentes, y el entretenimiento de la música. Las palabras detrás de ella dieron un mensaje, que se encontrarían en un lugar bajo las estrellas en el laberinto.

Mientras, los recuerdos fluían como fluían los árboles lejanos del paisaje, lentamente y sin detenerse. El tren se mecía ligeramente, el camarote ya estaba tibio y los dibujos del vidrio necesitaban ser reforzados.

El laberinto es un juego y una realidad, es un pedazo de jardín, un montón de paredes de ligustrina. Encerraba misterio, penumbra, el aroma de jazmines y la picardía de algunos amantes.
Ella se movía entre los cuerpos, esquivaba las máscaras, sus sentidos se esforzaban por reconocer quien tenía la más mínima intención hacia su persona. Ella evitaba esas intenciones, no permitía que nada la retuviese, fingía que danzaba y quizás eso llamaba mucho más la atención juraría luego que algunos ojos la siguieron. Y junto a la ventana abierta del salón, en el balcón, el aroma de los jazmines y el jardín, y detrás el laberinto. Un muro verde, vivo y misterioso. Un conglomerado lleno de tentador peligro.
Lentamente caminaba por el jardín con luces tenues y el lejano rumor de una pareja fingiendo normalidad. Desde el balcón parecía que nadie miraba, que nadie se asomaba, las mejores piezas musicales sonaban en ese momento. Tras mirar detrás y no ver a nadie se adentró en el laberinto.
Caminó mientras el corazón ardía, giró varias veces en diferentes direcciones y en algunos momentos creyó escuchar risas femeninas o masculinas tras las ligustrinas, moviéndose con agilidad, como buscándose, jugando el juego, pero probablemente conociendo mejor ese laberinto...

El camarote del vagón tenía cortinas oscuras, la puerta de acceso tenía una ventana y su cortina la tapaba. Era privado, la rodeaba la soledad y a la vez la puerta podía ser abierta desde afuera. No valía trabarla y arruinar los recuerdos. Los ojos se perdían entre los árboles que se perdían al avanzar el tren.

En el laberinto, en cierta ocasión las rizas femenina y masculinas sonaron muy cerca, se habían encontrado. Entre el aroma de jazmines ella avanzaba y una voz conocida pasó junto a ella. Ambas siluetas seguían portando sus máscaras, su cuerpos se acercaron y se probaron. Los atuendos se corrieron, se abrieron, se desataron. Se degustaron mientras el aroma los abrazaba. Algunos sonidos hicieron, las rizas no se oían, una mágica confidencia entre jugadores. ¿Cuantos abrían en ese momento jugando lo mismo en diferentes recovecos del laberinto?

Había pasado el tiempo, el laberinto estaba lejos, el clima era otro y no habían jazmines. La mujer en el tren junto a la ventana sonreía. Tenía un bolso con una máscara y un perfume floral y recordaba la voz y la textura y el sabor del portador de la máscara. Creía que una máscara ocultaba otra máscara, y que la verdad emergía del anonimato, y que peligro misterioso alimentaba la vida. Y que todo era un juego.


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