Mucho ruido de voces y murmullos, palabras unidireccionales hacia la virtualidad, motores, pasos, maquinas. Humo y hollín, un sol de verano al medio día y el calor condensándose dentro de las camisas.
Alberto fruncía las cejas para protegerse del sol, el entorno ya se le distorsionaba, día tras día, y de repente todo se calló. Estaba caminando completamente solo bajo la sombre de un alto edificio y ya no había nadie. Ni gente, ni autos, ni ruidos, ni smoke. Y no parecía que hubiese diferencia.
Los pies se movían solos, el cuerpo tenía una inercia, la idea del barrio estaba en su frente como una zanahoria y detrás una oscuridad fría que le seguía, y no se animaba a dar vuelta la mirada.
¿Qué había pasado? ¿Como hubo un cambio de escenario tan grande? ¿Como fue tan natural? Como quien dobla la esquina y se transporta a un universo paralelo, como si lo hiciese todos los días.
La sombra crecía, y la luz se extraviaba, los edificios se hacían cada vez más altos y a Alberto le daba la sensación de que se le iban a caer encima.
La negrura lo acechaba por la espalda y su inconsciente le jugaba peores bromas, le recordaba la vez que casi se ahogó en la pileta de la colonia cuando chico. Y de repente en la colonia todos los miraban sin hacer nada, y cuando salía tosiendo ya no había nadie en ningún lado, sentía el calor extremo del cemento y el cloro en la garganta y la nariz. Y el viento que lo refrescaba, y volvía a la realidad. Y al o lejos, en el horizonte con espejismos en la avenida, allí estaba de vuelta la idea del barrio, y sus pies le pesaban.
En algún momento estaba nuevamente rodeado de gente, apretado en un anden de una terminal de tren, apretado por cuerpos y calor. No había noción del tiempo y el calor ya no le importaba. Y horas o minutos después estaba desnudo sobre la cama mirando el techo en penumbras. La oscuridad lo rodeaba a Alberto, se zambullía en un lago negro con un cielo negro. Se sentía flotar, y no podía distinguir si estaba de vuelta en la colonia o seguía en su cama de resortes. El sonido del ventilador de chapa se volvía monótono y en el cielo raso podía empezar a ver estrellas. ¿Donde estaba Alberto otra vez? ¿A qué mundo paralelo había sido transportado? ¿Sería el tanque de agua de la terraza de la casa de su infancia en una escapada de la cama mientras su familia dormía?
Las estrellas estaban ahí. Cada vez habían más estrellas. Lo rodeaban, se hacían grandes, tenían gravedad y le pesaban a él como miles de varillas. La piel le pesaba, los dedos de manos y pies se le agrandaban, se sentía pequeño en un cuerpo que se hinchaba. El cielo se le estaba viniendo encima y no podía moverse. Estaba paralizado y el cielo se le venía encima. Las estrellas se hacían mas grandes, más pesadas, se distorsionaban. Y el ventilador, triunfante, le regresaba al sudor de su espalda en las sábanas. El cielo raso oscuro, inerte, él estaba inerte.
Otro día, rutinas, ir al baño, lavarse la cara, mirar en el espejo y no reconocer su cara. Alberto se preguntaba si era él el que iba a hacer lo que sabía que iba a hacer ese día como todos. Tenía la idea de que se apagaba, que su cuerpo estaba en piloto automático y solo en sus sueños de vértigo cósmico estaba realmente lúcido. Y cuando salía por el umbral de su casa podía apenas percibir que el mundo entero giraba, a lo mejor en su casa no, y al pisar la vereda se mareaba. Algún cambio de anclaje, algún shock por sus pies.
Alberto sentía la inercia del mundo, una oscuridad tras su espalda, los edificios que crecían, la camisa que se calentaba. Caminaba y no quería mirar los rostros, no sabía que habría en ellos, huía de mirar los rostros que le parecían ajenos a la realidad. Estaba en un vagón de la formación del tren y vio una silueta. Un vestido blanco, cabello castaño largo, una mochila a un hombro, lo invadió olores de pasto y rayos de sol que acariciaban cálidamente en lugar de punzarle la piel. La sensación de falta de tiempo, sin vértigo, la ligereza de caminar haciendo equilibrio en una plaza. El recuerdo de una amiga que siempre estuvo a punto de ser algo más, la juventud y la libertad, el deseo, la aventura.
¡Tuvo que bajarse del tren! A los empujones, entre grotescas caras que lo recriminaban, forzando una puerta a punto de cerrar. De repente estuvo en el anden, la puerta se cerró atrás suyo y el tren se fue. Lo invadió la idea de que estaba en una falta gravísima, que había quebrado el orden maldito de su rutina, y se sintió sin vértigo.
El anden estaba vacío, no había ninguna mujer de vestido blanco y mochila. En el horizonte donde las vías se juntaban debía venir una nueva formación, un apretado tumulto que lo regresaría al vértigo de los edificios, al ruido y los rostros alienados. Su cuerpo estaba paralizado. Una formación paró atrás suyo, se fue, él seguía ahí. Decidió salir de la estación, no volver a la inercia de ese día. Caminó por una calle ajena. Compró una hamburguesa y una gaseosa y caminó, respiraba como saboreando el aire. En medio de una cuadra un callejón se le apareció, en medio del callejón unas plantas, algún tipo de vivero quizás. Se acercó por mera curiosidad y en la puerta había un espejo, y en el espejo una silueta femenina de vestido blanco. Se acercó, el vivero era una tienda llena de espejos, y los espejos no lo reflejaban.
Alberto rió suavemente y entró en un umbral oscuro donde a lo lejos se veía un patio con azulejos andaluces y plantas y una pelota de esas baratas. Nunca pudo volver a ningún lado.
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“Recuerden que un blog es como una amorfa masa biomecanoide llena de cilicios y falanges qué alegremente se alimenta de vuestros comentarios!”
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2018-01-21
Fragmento Caprichoso 12
Conceptos relativos
Cuentos de Jora,
Fragmentos Caprichosos,
psicoalquimia,
surrealismo
2018-01-10
Mascaras en el tiempo
En un gran banquete muchos personajes se encuentran, interactuan y entre dardos-palabras y guiños-besos, se dedican a comer y beber.
En algún lugar, desde algún balcón, una figura de vieja o viejo cuyo género es indistinto, juega con un plato de sopa que parece agua sucia, está junto a una calavera también vieja, y ambos ríen. La figura de vieja ríe, y la calavera parece que es lo único que hace.
En el banquete una señora es gorda y no para de comer y galantear, y un señor está muy maquillado y su rostro es amorfo por las muecas resultado de ocultar y ocultar lo que quiere expresar.
En el jardín, una niña y un niño, ambos desnudos, juegan alrededor de una fuente. No se deciden si se meten o no se meten, y corretean descalzos por el pasto.
La gran sala de mármol blanco y negro, rodeada de columnas y balcones, solo se ilumina entorno a los comensales. Una dama vestida de paño negro, algo traslúcido si se lo mira bien, única prenda si se la mira bien, y sus cabellos rojos sangre amagando cubrir lo que el paño amaga descubrir. Un par de gemelos mal maquillados, comiendo y bebiendo como espejos.
La figura anciana sigue riendo y jugando con su sopa, la calavera le hace compañía. Los niños del jardín se atreven, meten sus piecitos en el agua fría, entre nenufares y el agua oscura, y pronto empiezan a salpicarse.
Carnes y verduras, y dulces y alcohol, recorren la gran mesa y sirvientes con máscaras cambian fuentes vacías por llenas. Un señor elegante, aun con sus guantes blancos, roba cerezas de una torta. Finge que no es visto pero sabe que es visto, y un señor algo más joven y no tan elegante le sonríe y le llena la copa de vino.
El jardín está oscuro, y la mayoría de la luz viene de un ventanal desde adentro, y de unas antorchas de una terraza. Entre las ligustrinas la oscuridad oculta sombras mágicas que danzan y sonríen al ver a los niños.
Hay una figura, en la gran mesa, un anfitrión. Su túnica púrpura y dorada y su rostro sombrío bajo una capucha. Sus dientes de marfil tintinean y alza una copa de oro que ofrece orgulloso a su concurrencia. Muchas siluetas, se levantan, ofrecen sus copas, aplauden, ríen jocosas.
La figura de la anciana queda en silencio, segundos, para estallar en risa luego. Mira a la calavera que parece comprender y cómplice le regala una enorme sonrisa con casi todos los dientes.
Todos brindan. Los comensales en sus ropajes ficticios, la anciana con su cuchara y su calavera, los niños flotando en la fuente y contemplando la eternidad del cielo de noche.
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En algún lugar, desde algún balcón, una figura de vieja o viejo cuyo género es indistinto, juega con un plato de sopa que parece agua sucia, está junto a una calavera también vieja, y ambos ríen. La figura de vieja ríe, y la calavera parece que es lo único que hace.
En el banquete una señora es gorda y no para de comer y galantear, y un señor está muy maquillado y su rostro es amorfo por las muecas resultado de ocultar y ocultar lo que quiere expresar.
En el jardín, una niña y un niño, ambos desnudos, juegan alrededor de una fuente. No se deciden si se meten o no se meten, y corretean descalzos por el pasto.
La gran sala de mármol blanco y negro, rodeada de columnas y balcones, solo se ilumina entorno a los comensales. Una dama vestida de paño negro, algo traslúcido si se lo mira bien, única prenda si se la mira bien, y sus cabellos rojos sangre amagando cubrir lo que el paño amaga descubrir. Un par de gemelos mal maquillados, comiendo y bebiendo como espejos.
La figura anciana sigue riendo y jugando con su sopa, la calavera le hace compañía. Los niños del jardín se atreven, meten sus piecitos en el agua fría, entre nenufares y el agua oscura, y pronto empiezan a salpicarse.
Carnes y verduras, y dulces y alcohol, recorren la gran mesa y sirvientes con máscaras cambian fuentes vacías por llenas. Un señor elegante, aun con sus guantes blancos, roba cerezas de una torta. Finge que no es visto pero sabe que es visto, y un señor algo más joven y no tan elegante le sonríe y le llena la copa de vino.
El jardín está oscuro, y la mayoría de la luz viene de un ventanal desde adentro, y de unas antorchas de una terraza. Entre las ligustrinas la oscuridad oculta sombras mágicas que danzan y sonríen al ver a los niños.
Hay una figura, en la gran mesa, un anfitrión. Su túnica púrpura y dorada y su rostro sombrío bajo una capucha. Sus dientes de marfil tintinean y alza una copa de oro que ofrece orgulloso a su concurrencia. Muchas siluetas, se levantan, ofrecen sus copas, aplauden, ríen jocosas.
La figura de la anciana queda en silencio, segundos, para estallar en risa luego. Mira a la calavera que parece comprender y cómplice le regala una enorme sonrisa con casi todos los dientes.
Todos brindan. Los comensales en sus ropajes ficticios, la anciana con su cuchara y su calavera, los niños flotando en la fuente y contemplando la eternidad del cielo de noche.
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Volviendo con la noche
Distinguí sus sandalias plateadas entre tantos pies y tantas patas. Distinguí la presión de la piel de sus dedos cuando usaba tacos. Vi como se movían decididas a hacia la calle, la función había terminado, y mientras el auditorio esperaba agasajarse con los artistas, ella subía a un carro para alejarse. Esperé a que desapareciese de mi vista, no estoy seguro si fue una gentileza con ella o conmigo.
Me sonreí a mi mismo y caractericé un andar como si hubiese entendido un mensaje, no sé para quien estaba disimulando, las calles estaban oscuras y la gente estaba en otro mundo. Yo estaba en otro mundo.
Subí a otro carro, definí mi destino, de vuelta a la vieja floresta de siempre. Pensé, la pensé, me pensé, y me reí. Fue un ataque de algo desde lo profundo de mi mente y que se adueñó de mi, me hizo reír y puso palabras frente a mi que me revelaron evidentes verdades. Estaba en el carro solo, en una calle sola, en una oscuridad apenas acompañada por luces tenues. No le prestaba atención a las estrellas que estaban allí y apenas la luna desde algún lateral se erguía, y no quise saber si lloraba o se reía, y como es que reía.
"Soy un estúpido". Fueron las palabras. Y era evidente. Sabemos qué, o deberíamos saber qué, toda desilusión parte de una ilusión, y que las ilusiones son obra de uno mismo por querer buscar algo que no es. Las ilusiones son el resultado de apresurarse. Y me apresuré, y no vi en donde estaba y lo que hacía yo, y lo que hacía ella. Y me queda un poco la incógnita de saber qué es lo que ella buscaba, qué veía en mí, qué es lo que realmente pretendía. Supe que se arrepintió, no hablamos nunca al respecto, nada pasó, fue como un espejismo, fue como una ilusión.
Un estúpido por ilusionarme. Podría fácilmente culparla a ella, decir que ella me ilusionó, que ella corrió hacia el carro alejándose de mí que estaba ahí tan bien dispuesto, que tenía hermosos planes. Sería una falacia, y esa entidad ajena y hermana, me dijo estúpido y se rió con mi boca, y yo reí con ella con mi boca, y entendí muchas cosas. Y seguí avanzando en la noche, solo en el carro, comprendiendome y lamentando no poder contemplar el mar para comprender más.
Sé un poco más lo que quiero y lo que no quiero, sé un poco más quien soy y lo que no soy, y me cuesta un poco más ilusionarme, y las desilusiones no me impactan tanto. Y me pregunto, ahora, si es acaso una sólida madurez o una pútrida madurez...
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Me sonreí a mi mismo y caractericé un andar como si hubiese entendido un mensaje, no sé para quien estaba disimulando, las calles estaban oscuras y la gente estaba en otro mundo. Yo estaba en otro mundo.
Subí a otro carro, definí mi destino, de vuelta a la vieja floresta de siempre. Pensé, la pensé, me pensé, y me reí. Fue un ataque de algo desde lo profundo de mi mente y que se adueñó de mi, me hizo reír y puso palabras frente a mi que me revelaron evidentes verdades. Estaba en el carro solo, en una calle sola, en una oscuridad apenas acompañada por luces tenues. No le prestaba atención a las estrellas que estaban allí y apenas la luna desde algún lateral se erguía, y no quise saber si lloraba o se reía, y como es que reía.
"Soy un estúpido". Fueron las palabras. Y era evidente. Sabemos qué, o deberíamos saber qué, toda desilusión parte de una ilusión, y que las ilusiones son obra de uno mismo por querer buscar algo que no es. Las ilusiones son el resultado de apresurarse. Y me apresuré, y no vi en donde estaba y lo que hacía yo, y lo que hacía ella. Y me queda un poco la incógnita de saber qué es lo que ella buscaba, qué veía en mí, qué es lo que realmente pretendía. Supe que se arrepintió, no hablamos nunca al respecto, nada pasó, fue como un espejismo, fue como una ilusión.
Un estúpido por ilusionarme. Podría fácilmente culparla a ella, decir que ella me ilusionó, que ella corrió hacia el carro alejándose de mí que estaba ahí tan bien dispuesto, que tenía hermosos planes. Sería una falacia, y esa entidad ajena y hermana, me dijo estúpido y se rió con mi boca, y yo reí con ella con mi boca, y entendí muchas cosas. Y seguí avanzando en la noche, solo en el carro, comprendiendome y lamentando no poder contemplar el mar para comprender más.
Sé un poco más lo que quiero y lo que no quiero, sé un poco más quien soy y lo que no soy, y me cuesta un poco más ilusionarme, y las desilusiones no me impactan tanto. Y me pregunto, ahora, si es acaso una sólida madurez o una pútrida madurez...
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