Intelectualmente estimulantes
Un pequeño departamento de un edificio largo y menospreciado, un cuarto oscuro y el contorno luminoso del borde de la puerta que da al pasillo. Pisadas y el sonido de la llave abriendo la cerradura. La puerta se abre y dos siluetas aparecen, una de ellas entra junto a la puerta y hace pasar a la otra.
J—¡Pero que frío que está tu departamento Alejandro!
A—¡Cierto! Lo había olvidado. Es que yo soy casi inmune al frío, me pongo un pulover y ya. Mis manos y pies se enfrían también, pero no me molesta, y como no suelo recibir a nadie en mi casa…
J—Te hace mal que se te enfríen las extremidades Ale. Deberías prender la estufa o ponerte pantuflas al menos.
A—Julia… Yo no uso pantuflas, ni las usaré jamás…
J—Apuesto a que te has usado las medias junto a las ojotas.
A—Solo en pleno invierno— Alejandro había cerrado la puerta, se acerca a la estufa que está en piloto y la pone al máximo para calentar el ambiente. Prende la luz, una luz pequeña que deja el cuarto iluminado débilmente bañándolo de una atmósfera de abandono. Al otro lado de la habitación un gran ventanal que da a un balcón, por él se ven algunos edificios, estrellas y muy a lo lejos si se mira con cuidado, el Río de la Plata.
J—El paisaje es hermoso, desde la ventana de mi cuarto solo se ve una avenida bulliciosa.
A—Es un bonito paisaje, aunque me he acostumbrado a su presencia. Solo a veces, mientras camino con un café, me detengo y lo veo como lo vi la primera vez que entré al departamento. ¡Eso es! Voy a hacer café, así te calentás más rápido.
J—¿Eso debo interpretarlo literalmente o hay un doble sentido?
A—Literalmente… Respeto las prioridades.
J—Serán las tuyas, no sabes cuales son las mías.
A—Me las harás saber si realmente son prioridades, supongo— Va a la cocina, la cual está junto al cuarto que es tanto living como comedor. La cocina se separa del cuarto solo por una barra salida de la pared con una mesada de mármol sobre ella. La cocina no es muy grande, por lo cual lo que más llama la atención es el traga-humo. Alejandro pone la pava, no tiene cafetera por que no suele recibir visitas numerosas como para considerar tenerla. Saca café instantáneo de un estante y una azucarera de aluminio celeste y gastado.
J—Noto que tu casa es “bastante accesible”.
A—¿Lo decis por que hay muchos estantes y pocas puertas?
J—Podría decirse así.
A—Mi casa es como yo, dentro de ella podes acceder fácilmente a lo que necesites, pero no es fácil que te dejen entrar.
J—¿También sos frío como la casa?
A—Sí…
J—Pero yo ya estoy dentro y prendiste la estufa.
A—Jajaja! Es cierto. ¿Tomas el café con leche o solo?
J—Iba a decir que me gusta negro y fuerte, pero arruinaría el hilo de la conversación.
A—¿Pero por qué? ¡Jajaja! Si querés poner música, todo lo que tengo está en aquellos discos de allá.
J—Prefiero el silencio, es de noche y ya hay una melodía etérea en el lugar, sumada al sonido del agua a punto de hervir— Alejandro había preparado las tazas con el café, ahora les pone el agua y las coloca en la barra que separa la cocina del resto del cuarto. Julia se sienta en una banqueta del otro lado y agarra una de las tazas para sentir el calor de la misma en su mano.
A—Acá tenés el azúcar, ponele cuanto quieras.
J—Ponele vos la azúcar, no importa si te queda muy amargo o muy dulce.
A—¿La azúcar?
J—Para mi, azúcar debería de ser de género femenino…
A—Sos una rebelde después de todo.
J—Una rebelde conveniente, digamos…
A—Y para mí, las palabras que se refieren a objetos no deberían de tener género.
J—El ser humano necesita personificar hasta lo impersonificable!
A—No entiendo el por qué, si ya hay suficientes personas como para tratar con ellas.
J—Será que las personas tienen voluntad y los objetos no, y uno puede imbuirle a los objetos la propia voluntad…
A—Siempre y cuando sean sus propios objetos.
J—¿Y qué define que un objeto te pertenezca?
A—Que lo compraste, lo ganaste, lo posees, está en tu casa…
J—Por más que lo compres, o lo ganes según algún reglamento legal o no, si lo perdés y alguien lo encuentra deja de ser tuyo. Si un objeto lo posees o simplemente está en tu casa, lo que define que sea tuyo es el poder físico que tenes sobre él. Por lo tanto, no hay verdadera propiedad, solo posesión circunstancial.
A—Esa idea sería muy barbárica hoy en día, uno de los logros de la civilización es justamente menguar el autoritarismo físico.
J—¿A cambio de un autoritarismo legal? ¿Y como se sostiene ese autoritarismo legal? Con ejércitos, armas atómicas, distribución estratégica de los recursos en beneficio de los líderes… Después de todo sigue siendo todo muy físico. Pero estábamos hablando de los objetos, no del sistema.
A—¿Cómo aplicarías tu idea sobre los objetos a la modernidad? Ya qué, si una idea no puede aplicarse, no pasa de ser una fantasía.
J—La propiedad sobre los objetos no debería de existir como concepto de propiedad. Debería de considerarse un intercambio de beneficios entre el sujeto y el objeto. El sujeto es merecedor del objeto en cuanto lo preserve y lo mantenga útil. De este modo el sujeto debería de ser también propiedad del objeto. Debería de haber una relación de mutuo beneficio entre el sujeto y el objeto.
A—Pero eso es como atribuirle personalidad a los objetos…
J—Pero, eso ya lo hacemos de cierta manera. Con la diferencia que hoy en día descartamos los objetos como si no valiesen nada.
A—Tenes una postura muy materialista…
J—Sí y no. Materialista en cuanto que considero que lo material es lo más real y que los objetos son importantes. Pero no materialista en el sentido económico. Soy posesiva con mis objetos, y son mis objetos los que me sirven y a la vez yo les sirvo. Pero los objetos que no tienen una relación conmigo y que sí pueden tenerla con otro, deberían estar con el otro.
A—¿Y te despojás de todos esos objetos que ya no usas?
J—Lo hago, siempre que encuentro a alguien que crea yo que los merece… A vos te obsequiaría un par de manoplas de lana que no uso, jajaja!
A—No creo que yo pueda establecer una relación con un par de manoplas de lana…
J—¿No? Es cuestión de que las uses un poco en este invierno que se avecina…
A—Mejor que las relaciones se establezcan entre personas, y no con objetos.
J—Creo que tomaste muy literalmente mi planteo. Lo que quise decir es qué, por ejemplo, vos tenes propiedad de tu casa por que te guarece pero a la vez la mantenes en buen estado. Sin embargo no deberías tener…
A—Te entiendo. Sería más fácil decir que uno debería tener solo propiedad sobre las cosas que merece.
J—De cierta manera… En realidad, todo pasa por ser uno mismo lo suficientemente íntegro como para saber qué necesita y qué no, y no andar acumulando cosas que se terminan convirtiendo en un estorbo para uno mismo.
A—Por eso saqué la pared que dividía la cocina del resto de la casa e hice esta práctica barra…
J—Muy práctica a decir verdad, me encanta!
Julia y Alejandro hablaron toda la noche mientras la casa se calentó debido a la estufa. También tomaron más café, y terminaron durmiendo una breve siesta en el sillón que estaba junto al ventanal, hasta que la luz del sol matutino los despertó. Debatieron entonces qué harían con el resto del Sábado.
.
“Recuerden que un blog es como una amorfa masa biomecanoide llena de cilicios y falanges qué alegremente se alimenta de vuestros comentarios!”
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2012-03-26
Arroz con jengibre
En una cacerolita antiadherente, o sartén de las viejas…
Ponemos aceite para freír un poco de cebolla, cuando está a punto de dorarse le agregamos un poquito de manteca hasta que se disuelva.
Luego le agregamos el JENGIBRE, calculando una media cucharadita por medio plato de arroz aproximadamente.
Le ponemos también un poquito de perejil y sal y revolvemos hasta integrar.
Luego, un poco de oporto! Revolvemos un poco más.
Al cabo de unos segundo agregamos el arroz (previamente cocido) y mezclamos con cuchara de madera o malabares, según prefiramos.
Y listo el arroz. Servimos y lo acompañamos de un vino.
¡Buen provecho!
Las mezclas no tienen por qué ser precisas, experimentemos con la comida, descubramos las medidas únicas para nosotros, los menos fríos números posibles en nuestra cocina…
.
2012-03-23
Trasliteraciones
Libros y señales
Mientras Lucia revisaba en el armario de la cocina de Benjamín buscando un recipiente en donde poner comida chatarra, Juan hurgaba en la biblioteca, sabiendo que era siempre la misma pero como siempre, esperando encontrarse con algo nuevo. Benjamín observaba a Juan, como él obedecía a un instinto propio de ciertas personas, de revisar las bibliotecas que tienen cerca. En determinado momento su rostro, al ver a Juan, se puso atento, y juan sonrió asintiendo sutilmente con la cabeza.
J—Al final te lo compraste, che!
B—No te dije nada por que sabía que revisarías la biblioteca y lo encontrarías por vos mismo.
J—Te habrá salido bastante…
B—Y sé que no es un libro que me vaya a ser útil, pero tenía que estar en mi biblioteca. Uno compra tantas pelotudeces, que simplemente no puedo andar escatimando en libros que me atraen.
J—¿Y te compraste el otro que viste ahí mismo?
B—¿El de dialéctica? Sí…
L—¡Eh, rata! Te comprás todos los libros que me gustan a mi.
B—No es mi culpa, si vos los mirás y los dejás abandonados a las manos de vaya uno a saber quien. Yo los rescato y los trato con cariño.
J—Algo que vos no haces con tus libros!
L—Yo sé como tratar a mis libros, púdranse los dos.
B—Lo más interesante es todo lo que aconteció el día en qué compré los libros…
J—Empezá a contar mientras voy por una cerveza.
L—¡Trae gaseosa para mi!
B—Como decía… Esa mañana, o el día anterior, como me quedé despierto hasta tarde decidí que era buena idea directamente no dormir.
L—¡Ah, bien eh! ¿Qué estuviste haciendo toda la noche, rata?
B—… Estuve viendo unos videos de Jean-Luc Ponty, y luego unos capítulos de una serie bastante pelotuda, pero no sé por qué me la miré toda la noche hasta que, a punto de terminar, me aburrió y no la vi más.
L—Linda vida la tuya…
B—A la mañana intenté solucionar unas complicaciones con mi computadora, como siempre… ¡Cada día estoy mas convencido de que la tecnología complota en contra nuestra!
J—Y, hay que pensar quienes son los que la fabrican…
B—Bueno, desayuné café y té y pan con manteca.
L—Que raro vos…
B—Me dieron ganas, además le puse poca y el pan era de esa panadería que a mi me gusta!
L—¡Que está llena de mujeres!
J—Un lugar al que podemos ir mañana a tomar la merienda…
B—Definitivamente.
L—¡No!
B—Como decía… Seguí con ese asunto tecnológico, a eso de las dos y pico almorcé un par de sanguches de huevo revuelto frito. Pero claro, con un poco de oregano!
L—¿Te parece comida eso?
J—¿Cómo llegaste a comprarte los libros, fue un impulso o lo tenías planeado?
B—Planeado para esta semana al menos… Me vestí, fui a pagar el gas y de ahí a Corrientes y Callao. Recuerdo que en colectivo había una mina bohemia que leía la Naranja Mecanica, eso me pareció un buen presagio…
L—¿Vos la leíste?
B—No, y no creo que me guste, pero me pareció buen presagio.
J—¡Ya lo creo!
L—Vos no creas nada mejor…
B—Caminé por Corrientes hasta que me encontré con la librería en cuestión. Entré y fui directo a la estantería del fondo en donde estaba el libro que quería, y al pasar mis ojos se proyectaron hacia el otro lado del local en donde vi el libro que tiene Juan entre sus manos. Fui a la estantería, en la cual un hombre investigaba, y casi de forma insolente de mi parte agarré el libro que quería que sabía en donde estaba, no vaya a ser que a ese hombre se le ocurriera adelantárseme. Con el libro en la mano fui a buscar el otro libro, siendo insolente nuevamente pero ahora con una muchacha…
J—¡Jajajaja! Entiendo el sentimiento, uno ve a esas personas como buitres…
B—Si. Entonces los llevé a la caja y la chica que atendía, de unos hermosos ojos castaños… Me lo embolsó y me hizo un cinco porciento de descuento.
J—Parece que le caíste bien…
B—Puede ser… Me gusta pensar que le llamó la atención el que yo haya entrado ahí, tomado esos dos libros sabiendo en donde estaban, y comprarlos sin rodeos… Una venta fácil después de todo…
L—A ella le gustó que no le hagas preguntas sobre los libros y cobrarte rápido.
B—Probable…
J—Pero no descartes tus encantos…
B—¡Jajaja! No, claro que no…
L—¿Eso es todo?
B—No, falta el libro de Sabato. Me fui a la librería esa en la que tengo una tarjeta de descuento, al entrar puse los libros en un casillero y empecé a dar vueltas. Estoy seguro que hemos estado en esa libraría…
L—¡Hemos estado en todas las librerías de Corrientes!
J—Eso es muy seguro…
B—Bueno, el libro no estaba, y tampoco encontré nada de Adler…
J—¿De que hablaba él?
B—Psicología individualista… Así que me fui, y cuando retiré los libros me encontré en la puerta del armario una moneda de un peso, es decir una de más.
L—Simplemente tenes buena suerta rata!
J—Fue un buen día.
B—Luego, caminé, y en la esquina vi a una morocha con unos pantalones de jogin violeta ajustado, y a mi me gusta el violeta, y los pantalones ajustados, y las morochas…
L—¡Bueno! Siempre pensando en lo mismo vos. ¿Era necesario mencionar a la mujer esa?
B—¡Claro que sí! Algo que nunca les he dicho, es que a veces cuando estoy sin rumbo por el centro me pongo a seguir culos.
L—¡Que horror!
B—Es como una revelación divina, el destino se me manifiesta a través de los culos.
J—Mirá vos, eh!
B—¡Si!
J—¿Y a donde te llevó ese culo?
L—¡Estoy acá!
B—Crucé. La morocha se paró en un puesto de diarios y yo seguí caminando. Al poco tiempo paso por una librería estrecha y profunda con una selección de libros que parecía de humanidades. Algo me dijo que entrara.
J—¡Esas librerías son las mejores!
B—Definitivamente, y apenas entré vi un tomo del Túnel… Pregunté por el libro que quería y también lo tenían, así que lo compré.
J—¡El culo te llevó a buen puerto entonces!
L—Basta, che…
B—Salí contento abrazando los libros como tesoros. A las pocas cuadras me encuentro junto a la vidriera de un hotel bien caro un par de músicos callejeros. Pero, tenían uno un violín y el otro un violonchelo, ambos eléctricos y de forma exotica. Tocaban muy lindo en verdad. Delante había una mesita en donde se exibían dos pequeñas ediciones de discos. Al cabo de un rato, mientras el violonchelista se las veía con una empleada del hotel que los quería echar, el violinista se me acercó. En un principio había pensado dejarles diez pesos, pero habiendo discos preferí llevarme uno. De vuelta, uno gasta la plata en tantas boludeces que de repente gastarlo en cultura parece lo más razonable. Entonces le pregunto al sujeto…
B—¿Qué diferencia hay entre los dos discos?
V—Los dos cuestan treinta pesos.
B—Sí, pero yo quiero saber la diferencia musicalmente…
V—Bueno, el de la izquierda tiene más canciones, el de la derecha es más elaborado… —Yo pensé un poco.
V—Mirá, a la gente suele gustarle el de la izquierda…
B—Y a mi me gusta Jean-Luc Ponty.
V—¡El de la derecha entonces!
Pagué, dije gracias, ellos siguieron discutiendo con la empleada, luego tocaron más música, y yo me fui a tomar el colectivo.
J—¡Que aventura!
B—Y podría agregar… En la parada del colectivo se me fue uno que por cinco metros no me abrió la puerta. Desee en vos alta que al colectivero le salieran hemorroides… Pero luego caminando en la parada di unos golpecitos al libro y me dije que no tenía que abusar de la suerte. Entonces me di cuenta que siguiente en la fila se encontraba una muchacha bonita y escotada, y me pareció otra señal.
L—¡Nada de señal! Sos un baboso…
B—No entendés nada por que sos una moralista…
L—No lo soy!
B—Da lo mismo. En el colectivo viajó esta muchacha a la cual cedí el paso al subir. Arriba también había un sujeto que me pareció en un momento que estaba cantando canciones en hebréo. Luego cambió la gente que me rodeaba en el colectivo, y yo seguía quieto ahí, abrazando los libros. Fui flanqueado por un par de flacas, una rubia y una castaña. La castaña masticaba chicle y tenía aliento a cigarrillo, y la recuerdo por que a menudo mencionaba a un tal “Benjamin” al que ella llamaba, y llamaba, y no le atendía el teléfono. Tenía que ser otra señal, aunque no sabía sobre qué. Bueno, al fin llegué a casa y me hice un té, y no hay más nada que contar…
L—Quizás una señal de que tenes que atenderme cuando te llamo!
B—…
J—… ¿Y donde anda ese disco que compraste?
B—Te advierto que es muy alegre para nuestro gusto.
L—¡Cualquier cosa es alegre en comparación a lo que escuchan!
J—No importa, de vez en cuando hay que escuchar algo alegre, y si es con violines mejor.
B—¡Jajajaja! … (Y no dejo de acordarme de “el de la derecha”, y reírme por ello)
..
Mientras Lucia revisaba en el armario de la cocina de Benjamín buscando un recipiente en donde poner comida chatarra, Juan hurgaba en la biblioteca, sabiendo que era siempre la misma pero como siempre, esperando encontrarse con algo nuevo. Benjamín observaba a Juan, como él obedecía a un instinto propio de ciertas personas, de revisar las bibliotecas que tienen cerca. En determinado momento su rostro, al ver a Juan, se puso atento, y juan sonrió asintiendo sutilmente con la cabeza.
J—Al final te lo compraste, che!
B—No te dije nada por que sabía que revisarías la biblioteca y lo encontrarías por vos mismo.
J—Te habrá salido bastante…
B—Y sé que no es un libro que me vaya a ser útil, pero tenía que estar en mi biblioteca. Uno compra tantas pelotudeces, que simplemente no puedo andar escatimando en libros que me atraen.
J—¿Y te compraste el otro que viste ahí mismo?
B—¿El de dialéctica? Sí…
L—¡Eh, rata! Te comprás todos los libros que me gustan a mi.
B—No es mi culpa, si vos los mirás y los dejás abandonados a las manos de vaya uno a saber quien. Yo los rescato y los trato con cariño.
J—Algo que vos no haces con tus libros!
L—Yo sé como tratar a mis libros, púdranse los dos.
B—Lo más interesante es todo lo que aconteció el día en qué compré los libros…
J—Empezá a contar mientras voy por una cerveza.
L—¡Trae gaseosa para mi!
B—Como decía… Esa mañana, o el día anterior, como me quedé despierto hasta tarde decidí que era buena idea directamente no dormir.
L—¡Ah, bien eh! ¿Qué estuviste haciendo toda la noche, rata?
B—… Estuve viendo unos videos de Jean-Luc Ponty, y luego unos capítulos de una serie bastante pelotuda, pero no sé por qué me la miré toda la noche hasta que, a punto de terminar, me aburrió y no la vi más.
L—Linda vida la tuya…
B—A la mañana intenté solucionar unas complicaciones con mi computadora, como siempre… ¡Cada día estoy mas convencido de que la tecnología complota en contra nuestra!
J—Y, hay que pensar quienes son los que la fabrican…
B—Bueno, desayuné café y té y pan con manteca.
L—Que raro vos…
B—Me dieron ganas, además le puse poca y el pan era de esa panadería que a mi me gusta!
L—¡Que está llena de mujeres!
J—Un lugar al que podemos ir mañana a tomar la merienda…
B—Definitivamente.
L—¡No!
B—Como decía… Seguí con ese asunto tecnológico, a eso de las dos y pico almorcé un par de sanguches de huevo revuelto frito. Pero claro, con un poco de oregano!
L—¿Te parece comida eso?
J—¿Cómo llegaste a comprarte los libros, fue un impulso o lo tenías planeado?
B—Planeado para esta semana al menos… Me vestí, fui a pagar el gas y de ahí a Corrientes y Callao. Recuerdo que en colectivo había una mina bohemia que leía la Naranja Mecanica, eso me pareció un buen presagio…
L—¿Vos la leíste?
B—No, y no creo que me guste, pero me pareció buen presagio.
J—¡Ya lo creo!
L—Vos no creas nada mejor…
B—Caminé por Corrientes hasta que me encontré con la librería en cuestión. Entré y fui directo a la estantería del fondo en donde estaba el libro que quería, y al pasar mis ojos se proyectaron hacia el otro lado del local en donde vi el libro que tiene Juan entre sus manos. Fui a la estantería, en la cual un hombre investigaba, y casi de forma insolente de mi parte agarré el libro que quería que sabía en donde estaba, no vaya a ser que a ese hombre se le ocurriera adelantárseme. Con el libro en la mano fui a buscar el otro libro, siendo insolente nuevamente pero ahora con una muchacha…
J—¡Jajajaja! Entiendo el sentimiento, uno ve a esas personas como buitres…
B—Si. Entonces los llevé a la caja y la chica que atendía, de unos hermosos ojos castaños… Me lo embolsó y me hizo un cinco porciento de descuento.
J—Parece que le caíste bien…
B—Puede ser… Me gusta pensar que le llamó la atención el que yo haya entrado ahí, tomado esos dos libros sabiendo en donde estaban, y comprarlos sin rodeos… Una venta fácil después de todo…
L—A ella le gustó que no le hagas preguntas sobre los libros y cobrarte rápido.
B—Probable…
J—Pero no descartes tus encantos…
B—¡Jajaja! No, claro que no…
L—¿Eso es todo?
B—No, falta el libro de Sabato. Me fui a la librería esa en la que tengo una tarjeta de descuento, al entrar puse los libros en un casillero y empecé a dar vueltas. Estoy seguro que hemos estado en esa libraría…
L—¡Hemos estado en todas las librerías de Corrientes!
J—Eso es muy seguro…
B—Bueno, el libro no estaba, y tampoco encontré nada de Adler…
J—¿De que hablaba él?
B—Psicología individualista… Así que me fui, y cuando retiré los libros me encontré en la puerta del armario una moneda de un peso, es decir una de más.
L—Simplemente tenes buena suerta rata!
J—Fue un buen día.
B—Luego, caminé, y en la esquina vi a una morocha con unos pantalones de jogin violeta ajustado, y a mi me gusta el violeta, y los pantalones ajustados, y las morochas…
L—¡Bueno! Siempre pensando en lo mismo vos. ¿Era necesario mencionar a la mujer esa?
B—¡Claro que sí! Algo que nunca les he dicho, es que a veces cuando estoy sin rumbo por el centro me pongo a seguir culos.
L—¡Que horror!
B—Es como una revelación divina, el destino se me manifiesta a través de los culos.
J—Mirá vos, eh!
B—¡Si!
J—¿Y a donde te llevó ese culo?
L—¡Estoy acá!
B—Crucé. La morocha se paró en un puesto de diarios y yo seguí caminando. Al poco tiempo paso por una librería estrecha y profunda con una selección de libros que parecía de humanidades. Algo me dijo que entrara.
J—¡Esas librerías son las mejores!
B—Definitivamente, y apenas entré vi un tomo del Túnel… Pregunté por el libro que quería y también lo tenían, así que lo compré.
J—¡El culo te llevó a buen puerto entonces!
L—Basta, che…
B—Salí contento abrazando los libros como tesoros. A las pocas cuadras me encuentro junto a la vidriera de un hotel bien caro un par de músicos callejeros. Pero, tenían uno un violín y el otro un violonchelo, ambos eléctricos y de forma exotica. Tocaban muy lindo en verdad. Delante había una mesita en donde se exibían dos pequeñas ediciones de discos. Al cabo de un rato, mientras el violonchelista se las veía con una empleada del hotel que los quería echar, el violinista se me acercó. En un principio había pensado dejarles diez pesos, pero habiendo discos preferí llevarme uno. De vuelta, uno gasta la plata en tantas boludeces que de repente gastarlo en cultura parece lo más razonable. Entonces le pregunto al sujeto…
B—¿Qué diferencia hay entre los dos discos?
V—Los dos cuestan treinta pesos.
B—Sí, pero yo quiero saber la diferencia musicalmente…
V—Bueno, el de la izquierda tiene más canciones, el de la derecha es más elaborado… —Yo pensé un poco.
V—Mirá, a la gente suele gustarle el de la izquierda…
B—Y a mi me gusta Jean-Luc Ponty.
V—¡El de la derecha entonces!
Pagué, dije gracias, ellos siguieron discutiendo con la empleada, luego tocaron más música, y yo me fui a tomar el colectivo.
J—¡Que aventura!
B—Y podría agregar… En la parada del colectivo se me fue uno que por cinco metros no me abrió la puerta. Desee en vos alta que al colectivero le salieran hemorroides… Pero luego caminando en la parada di unos golpecitos al libro y me dije que no tenía que abusar de la suerte. Entonces me di cuenta que siguiente en la fila se encontraba una muchacha bonita y escotada, y me pareció otra señal.
L—¡Nada de señal! Sos un baboso…
B—No entendés nada por que sos una moralista…
L—No lo soy!
B—Da lo mismo. En el colectivo viajó esta muchacha a la cual cedí el paso al subir. Arriba también había un sujeto que me pareció en un momento que estaba cantando canciones en hebréo. Luego cambió la gente que me rodeaba en el colectivo, y yo seguía quieto ahí, abrazando los libros. Fui flanqueado por un par de flacas, una rubia y una castaña. La castaña masticaba chicle y tenía aliento a cigarrillo, y la recuerdo por que a menudo mencionaba a un tal “Benjamin” al que ella llamaba, y llamaba, y no le atendía el teléfono. Tenía que ser otra señal, aunque no sabía sobre qué. Bueno, al fin llegué a casa y me hice un té, y no hay más nada que contar…
L—Quizás una señal de que tenes que atenderme cuando te llamo!
B—…
J—… ¿Y donde anda ese disco que compraste?
B—Te advierto que es muy alegre para nuestro gusto.
L—¡Cualquier cosa es alegre en comparación a lo que escuchan!
J—No importa, de vez en cuando hay que escuchar algo alegre, y si es con violines mejor.
B—¡Jajajaja! … (Y no dejo de acordarme de “el de la derecha”, y reírme por ello)
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